Nuestro amor es como Bizancio

Nuestro amor es como Bizancio

Nuestro amor es como Bizancio tuvo que haber sido la última noche. Tuvo que haber habido me imagino un resplandor en los rostros de los que se agolpaban en las calles o formaban pequeños grupos en las esquinas de las calles y en las plazas hablando en voz baja, un resplandor que tuvo que haberse parecido al que tiene tu cara cuando te echas el pelo hacia atrás y me miras.

Me imagino que no hablarían mucho y solo de cosas bastante indiferentes, que tratarían de hablar y se detuvieron sin haber llegado a decir lo que querían y lo intentaron de nuevo y lo volvieron a dejar y se miraron mutuamente y bajaron la mirada. Los iconos muy antiguos, por ejemplo tienen el mismo resplandor que el flamígero fulgor de una ciudad en llamas o el brillo que la muerte inminente deja en las fotografías de muertos prematuros en el recuerdo de los supervivientes.

Cuando me vuelvo hacia ti en la cama, tengo la sensación de entrar en una iglesia que fue quemada hace mucho tiempo y donde solo ha quedado la oscuridad en los ojos de los iconos plenos de las llamas que los aniquilaron.

De “Nuestro amor es como Bizancio” (“Oda al pulpo y otros poemas de amor” 1975) Versión de Francisco Uriz Editorial Lumen S.A. 2003