Tu paso, como una sombra, era difícil de seguir, y al perderte en una esquina sólo quedaba en mí, como en la calle, un vago sentimiento de vacío.
Tu cimbreo, tu cintura me estremecían y el jardín parecía tener más rosas y el verano calor, pues en mis labios de niño aún no había la palabra que define al amor.
La edad nos separaba, como a dos cuerpos, no de tamaños distintos, sino de espacios diferentes.
Y mis manos asiéndote, mis brazos abarcándote, no podían asirte, no podían alcanzar tu cuerpo, tu mirada.