En este valle rodeado de montañas había un lago, y en medio del lago una ciudad, donde un águila desgarraba una serpiente sobre una planta espinosa de la tierra.
Una mañana llegaron hombres barbados a caballo y arrasaron los templos de los dioses, los palacios, los muros, los panteones, y cegaron las acequias y las fuentes.
Sobre sus ruinas, con sus mismas piedras los vencidos construyeron las casas de los vencedores, erigieron las iglesias de su Dios, y las calles por las que corrieron los días hacia su olvido.
Siglos después, las multitudes la conquistaron de nuevo, subieron a los cerros, bajaron a las barrancas, entubaron los ríos, talaron árboles, y la ciudad comenzó a morir de sed.
Una tarde, por una avenida multitudinaria, una mujer vino hacia a mí, y toda la noche y todo el día anduvimos las calles sin nombre, los barrios desfigurados de México-Tenochtitlán-Distrito Federal.
Entre paquetes humanos y embotellamientos de coches, por plazas, mercados y hoteles, conocimos nuestros cuerpos, hicimos de los dos un cuerpo.
Cuando ella se fue, la ciudad se quedó sola, con sus muchedumbres, su lago desecado, su cielo de nebluno y sus montañas invisibles.