El lugar era oscuro y polvoriento, un rincón perdido En un laberinto de viejas callejuelas junto a los muelles, Que olían a cosas extrañas traídas de ultramar, Entre curiosos jirones de niebla que el viento del Oeste dispersaba. Unos cristales romboidales, velados por el humo y la escarcha, Dejaban apenas ver los montones de libros, como árboles retorcidos Pudriéndose del suelo al techo… ventisqueros De un saber antiguo que se desmoronaba a precio de saldo.
Entré, hechizado, y de un montón cubierto de telarañas Cogí el volumen más a mano y lo hojeé al azar, Temblando al leer raras palabras que parecían guardar Algún secreto, monstruoso para quien lo descubriera. Después, buscando algún viejo vendedor taimado, Sólo encontré el eco de una risa. Versión de Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt
Llevaba el libro apretado bajo el abrigo, Escondiéndolo como podía en semejante lugar, Mientras apretaba el paso por las viejas calles del puerto Volviendo con recelo la cabeza a cada instante. Ventanas sombrías y furtivas de tambaleantes casas de ladrillo Espiaban extrañamente mi paso apresurado, Y al pensar en la que cobijaban ansié violentamente Una visión redentora de puro cielo azul.
Nadie me había visto cogerlo… y sin embargo Una risa hueca seguía resonando en mi aturdida cabeza, Dejándome adivinar qué mundos nocturnos de maldad Acechaban en aquel volumen que había codiciado. El camino se me hacía extraño, los muros demenciales… Y a mi espalda, en la distancia, se oían pasos invisibles. Versión de Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt
El demonio dijo que me llevaría a casa, A la tierra lívida y sombría que recordaba vagamente Como un lugar elevado con escaleras y terrazas Rodeadas de balaustradas de mármol que peinan los vientos del cielo, Mientras muchas millas más abajo, a la orilla de un mar, Se extiende un laberinto de torres y torres y cúpulas superpuestas, Una vez más, me dijo, volvería a quedar embelesado Ante aquellas viejas colinas, y oiría el lejano rumor de la espuma. Todo esto prometió, y por las puertas del ocaso Me arrastró a través de lagos de llamas lamientes Y tronos de oro rojo de dioses sin nombre Que gritan de miedo ante un destino ominoso. Después, un negro abismo con ruido de olas en la noche: «Aquí estaba tu casa», se burló, «¡cuando aún veías!» Versión de Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt
Es la hora de la penumbra crepuscular, Casi siempre en otoño, cuando el viento estelar se precipita Por las calles altas de la colina, que aunque desiertas Muestran ya luces tempranas en cómodas habitaciones. Las hojas secas danzan con giros extraños y fantásticos, Y el humo de las chimeneas se arremolina con gracia etérea Siguiendo las geometrías del espacio exterior, Mientras Fomalhaut se asoma por las brumas del Sur.
Ésta es la hora en que los poetas lunáticos saben Qué hongos brotan en Yuggoth, y qué perfumes Y matices de flores, desconocidos en nuestros pobres Jardines terrestres, llenan los continentes de Nithon. ¡Pero por cada sueño que nos traen estos vientos Nos arrebatan una docena de los nuestros! Versión de Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt