La ciudad

La ciudad

Era dorada y espléndida Aquella ciudad de la luz; Una visión suspendida En los abismos de la noche; Una región de prodigios y gloria, cuyos templos Eran de mármol blanco.

Recuerdo la época En que apareció ante mis ojos; Eran los tiempos salvajes e irracionales, Los días de las mentes embrutecidas En los que el Invierno, con su mortaja blanca y lívida, Avanzaba lentamente torturando y destruyendo.

Más hermosa que Zión Resplandecía en el cielo Cuando los rayos de Orión Nublaron mis ojos, Y me sumieron en un sueño lleno de oscuros recuerdos De vivencias olvidadas y remotas. Sus mansiones eran majestuosas, Decoradas con bellas esculturas Que se erguían con nobleza En magníficas terrazas, Y los jardines eran fragantes y soleados, Y en ellos florecían extrañas maravillas.

Me fascinaban sus avenidas Con sus perspectivas sublimes; Las elevadas arcadas me confirmaban Que una vez, en otro tiempo, Había vagado en éxtasis bajo su sombra, En el benigno clima de Halcyón.

En la plaza central se alineaba Una hilera de estatuas; Hombres solemnes de largas barbas Que habían sido poderosos en su día… Pero una estaba rota y mutilada, Y su rostro barbado había sido destrozado.

En aquella ciudad esplendorosa No vi a ningún mortal, Pero mi imaginación, indulgente Con las leyes de la memoria, Se demoró largo tiempo contemplando aquellas figuras De la plaza, cuyos pétreos rostros observó con temor.

Avivé el débil rescoldo Que aún permanecía encendido en mi espíritu, Y me esforcé por recordar Los eones de pasado; Por atravesar libremente el infinito, Y poder visitar el insondable pasado.

Entonces la horrible advertencia Cayó sobre mi alma Como el ominoso amanecer Que asciende en su roja aureola, Y huí, lleno de pánico, antes de que los terrores Ya olvidados y desaparecidos me fueran revelados.

Versión de Juan Antonio Santos y Sonia Trebelt