No bordaste el pañuelo que te pedía, voy a marchar sin él por esta vida. Si llego al cielo no llevaré de ti ningún recuerdo.
Todos están cantando mientras te busco entre los ruidos grandes que hay en el mundo. ¡Ay, sí yo fuera! el corazón del astro que tú deseas.
Ángel de medianoche cuando te escondes, quieren enamorarte los soñadores. Ángel divino, quiero escapar del mundo y volar contigo.
Pétalo mañanero, vas por el viento, y mi suspiro en llamas te va siguiendo. Allá en los montes no me confundas nunca con otros hombres.
Voz de los naranjales, azul del cerro; convertido en palabras marcho del pueblo. Lluvia de cera cubre y preserva todo hasta que vuelva.
Morfina
A todo renuncié por ser tu amigo cuando eras flor de luz y de sorpresa; mi confesión, tal vez no te interesa, yo, de todas maneras te la digo.
Tu sinfonía de nardos y castigo, mi piel rasgada en el dolor, no besa, y como blanca nube hoy atraviesa mi sueño y las espigas de mi trigo.
Hoy la sangre me fluye quedamente… tal parece que edito mi agonía en el rosado mármol de tu frente.
Espero, la aflicción de mi elegía, con el acento de su voz doliente no empañe los fulgores de tu día.
Profecía a una moderna Penélope
Negarás para siempre los recursos alternos y espiarás, en el agua, galaxias reflejadas. Escucharás secretas canciones de los remos y suspiros de naves bregando en la distancia.
La patrulla distante arrestará tu boda y en una jefatura la mantendrá en secuestro, te plantarás oyendo la funeral paloma que zurea en los cabellos de tu glaciar enfermo.
Las delicadas voces reptarán por el suelo evadiendo el abdomen de tu jarrón dorado, en la fiesta del aire esconderás tu anhelo reacio a paladear hasta el último trago.
El temblor de tu sueño, planeará por el cielo, lleno de cicatrices, ojeando de soslayo, hasta que la memoria y el ladrido de un perro presenten a tu espera el ansiado milagro.
Sueño
Voy a dormir de nuevo, en el penacho negro que llevan en la cresta aquellas nubes altas. Voy a escapar del mundo y a disfrutar el sueño que nos brinda el descanso que ya nunca se acaba.
Voy a dejar la fuerte y apasionada angustia que hierve entre las venas de mi sangre amargada, para seguir caminos que nacen y se borran en la piel infinita de tardes y mañanas.
Voy a ascender a donde los vientos son continuos y empujan incansables la fantasía del alma. Mis versos, como gotas de rocío mañanero, resbalarán del manto rosado de las albas.
Qué importa que desnudo, tirite mientras vuelo, ingrávido en las nubes, sin plumas y sin alas. Qué importa, si es más grande la frialdad de sentir pasiones que perduran y que nunca se apagan.
Desde la fría torre de celestial iglesia, mi lengua, de badajo, servirá a la campana, y pegará en el bronce, llamando persistente, a las almas sin rumbo que por el cielo vagan.
Cuando el violín de ausencias gima apartado y triste bajo la inmensa sombra de las nubes que pasan, mi voz irá cantando salmodiante y tranquila, feliz en el murmullo de la lluvia lejana.
Transformación
Emergeré apacible, en el mundo del sueño, con el rostro azotado por aires fantasmales, y vagaré en el cielo, cubierto de silencio, llevando entre mis ojos las hogueras de antes.
No tendré ya la fiera potencia de los rayos que dan a las tormentas segundos abusivos, y dejan la corteza, blanda, de los pantanos, envuelta entre los gritos de árboles caídos.
No seguiré la noche con horribles jaurías de colmilludos astros y lunas descompuestas, ni golpearé la espalda de la tierra dormida con ardientes meteoros y colas de cometas.
No fundiré perfiles de las cosas pequeñas que guardan la semilla de mi brillante cosmos, ni sembraré en el mundo castigos y tragedias, ni execrables momentos de cosas en trastorno.
Estaré en la armonía, con sonrisa oportuna, pegado a los vitrales históricos del tiempo; actuando en sacramentos preñados de cordura, haciendo comunión con las normas del cielo.
Mi gesto reposado, mi cara alucinada, buscarán manifiestos legendarios del pacto; que borra la fiereza fluctuante de las almas y otorga la silvestre llaneza de los campos.
Estaré en las ideas que altamente suscribo al ir por el recinto de las grandes estatuas, como fruta sin nombre y el corazón herido al enviar los reportes a las cruentas batallas.
Sin rumbo
Vamos sin paradero como todas las cosas, tropezando en los cuerpos de minutos vacíos; nos oprime el rumor más actual de las rosas y el faraón vehemente que oprimió a los judíos.
Enloqueció la noche, al saberme contigo, luego besó la estatua del ángel congelado; el resto de la historia la sabe el enemigo y el girasol que brilla en el verso extenuado.
Al norte de tus ojos brillan menos las lunas, es más directa y simple la torpe humanidad; una luz blanquecina brilla sobre las cunas y nadie se adjudica la patria potestad.
De niño hice trabajos de madera labrada y cubrí ciertas partes con azul terciopelo. Hoy la navaja blanca de mi antigua mirada esculpe tu figura en pedazos de cielo.
Se va poniendo el sur… de un brillante más claro; pero una lluvia empapa las rosas de la mente. Todo principio ha sido frígidamente raro, tímidamente gris y heladamente hiriente.
Se quema la mañana de mi angustiada aurora nadie puede salvarla, nos cubre la neblina. el abdomen de nubes que me refugia ahora con familiares rayos me busca y asesina.
Sólo yo
Se van muriendo tus palabras, el viaje termina sin tu voz.
¡Sólo yo! ¡En el peñón altivo de tu alma, en el silencio grande de tu alma, ¡Sólo yo!
Tu mano cruza por el aire y deja vorágines de amor en la Creación, luego hiere la piel de mis tejidos con abatidos tonos de una Escala Menor.
¡Sólo yo! Sobre la cresta hermosa de tu imagen, ¡sólo yo!
¡Yo, nada más! ¡Nada más yo! Vibrando en el alma de tus cosas, rodando sobre el eje de tu mente, creciendo en el abdomen de tu sombra y amando el blanco mármol de tu frente.
¡Yo, nada más! en la armonía de tu canción. Enloquecido en el vaivén de tu alma, ¡sólo yo!
Dentro de todo lo que huele a ti, cubriendo todo lo que sabe a ti, dentro de cada letra que te busca como un clavel que escribe sin saberlo; ¡sólo yo!
Yo no quisiera cantar…
Yo no quisiera cantar porque mi voz ha dejado un rastro de sombra negra en el blancor de tu paño. Por ti, me volví poeta, por ti, recorrió sonámbulo, y en total desequilibrio el trote de mi caballo.
Aquella luz mañanera que se despertó llorando sobre encendidos claveles y delicados geranios, era tu rostro, y el brillo de las alas de tus pájaros batiéndose en maceteros de rojo y blanco pintados.
Hoy, es historia pasada, de algo que vivió en mis campos, de algo que vibró en mis cuerdas al soplar vientos helados.
Ya no quisiera cantar, los mástiles de mis barcos no pasearán sobre el verde de tus inmensos océanos. Mis peregrinos tampoco harán caso a los badajos que pegan sobre los bronces de tus campanarios altos. La luz de mi plenilunio al caer sobre tus lagos ignorará los rumores del ruiseñor y sus cantos.
Aspirarás la fragancia en las flores de amaranto, y al entrecerrar los ojos comprenderás que te falto. En tus pétalos rosados, por lluvias, ¡ajados tanto! se reflejará el recuerdo de mi evidente quebranto. Tú dirás: “Ferviente amigo, ¡ven a mí, te estoy llamando! hoy los pies de mi memoria quieren de tu césped blando; ¡ven a mí, ferviente amigo! ¡ven a mí, te estoy llamando! quiero desandar caminos que hoy estaba recordando.”
Yo estaré lanzando redes en relinchos de caballos, con escalofríos inmensos y los ojos extasiados. Yo estaré soñando yeguas de respiros agitados, sufriendo de blancas lunas los enfermos rayos claros. El martirio de tu ausencia me dará un sabor amargo, y el brillo de tu memoria como un astro ya apagado no perturbará jamás mi ser desequilibrado.