Como Orfeo, toco en las cuerdas de la vida la muerte, y ante la belleza de la tierra y de tus ojos, que administran el cielo, sólo sé decir cosas sombrías.
No olvides que también tú, de pronto, aquella mañana, cuando tu lecho todavía estaba húmedo de rocío y el clavel dormía junto a tu corazón, viste el río oscuro pasar a tu lado.
La cuerda del silencio, tensada sobre la ola de sangre, puso manos en tu corazón sonante. Transformado quedó tu rizo en la cabellera de sombras de la noche, los copos negros de las tinieblas nevaron tu semblante.
Y mi lugar no está a tu lado. Ahora nos lamentamos los dos.
Pero como Orfeo, sé junto a las cuerdas de la muerte la vida, y en mí reverbera el azulado de tu ojo por siempre cerrado. De “El tiempo postergado” Ediciones Cátedra S. A. 1991 Versión de Arturo Parada
Temprano mediodía
Silencioso verde a el tilo en el verano inaugurado, muy apartada de las ciudades tiembla el brillo opaco de la luna diurna. Ya es mediodía, ya se agita en la fuente el chorro, ya se alza bajo el destrozo el ala maltratada del pájaro de fábula, y la mano, desfigurada por tirar la piedra, cae en el despertar del trigo.
Donde el cielo de Alemania ennegrece la tierra, busca su ángel decapitado una tumba para el odio y te entrega el cuenco del corazón.
Un puñado de dolor se pierde sobre la colina.
Siete años más tarde te acuerdas nuevamente, junto a la fuente, ante la puerta, no mires demasiado profundamente, se te saltarán los ojos.
Siete años más tarde, en casa de amortajado, apuran los ayer verdugos el vaso dorado. Se te hundirían los ojos.
Ya es mediodía, en las cenizas dobla el hierro, sobre el mandril está izada la bandera, y sobre la roca
del sueño ancestral, queda de aquí en adelante forjada el águila.
Solo la esperanza, aquejada de ceguera, está acurrucada bajo la luz. ¡Rompe sus cadenas, guíala ladera abajo, ponle la mano sobre los ojos, que no la abrase ninguna sombra!
Donde la tierra de Alemania ennegrece el cielo, busca la nube palabras y llena el cráter de silencio antes de que el verano las perciba bajo la llovizna. Lo inexplicable recorre, en voz baja, el país: ya es mediodía.
De “El tiempo postergado” Ediciones Cátedra S. A. 1991 Versión de Arturo Parada
Todos los días
Ya no se declara la guerra, se prosigue. Lo inconcebible se ha hecho cotidiano. El héroe permanece alejado de los combatientes. El débil ha avanzado hasta las zonas de fuego. El uniforme de diario es la paciencia, la condecoración, la mísera estrella de la esperanza sobre el corazón.
Se concede cuando ya no pasa nada, cuando el fuego nutrido ha enmudecido, cuando el enemigo se ha hecho invisible, y la sombra del armamento eterno oscurece el cielo.
Se concede por abandonar las banderas, por el valor ante el amigo, por revelar secretos indignos y desacatar toda orden.
De “El tiempo postergado” Ediciones Cátedra S. A. 1991 Versión de Arturo Parada
Toma de tierra
Llegué a las dehesas cuando ya era de noche, olfateando en los prados la hierba y el viento antes de levantarse. Ya no pastaba el amor, las campanas se habían extinguido y los haces de hierba endurecido.
En el suelo había un cuerno clavado por el obstinado animal de guía hundido en la oscuridad.
Lo saqué de la tierra, lo alcé al cielo con todas mis fuerzas.
Para llenar este país del todo con sonidos toqué el cuerno, dispuesto a vivir en el viento venidero y bajo los tallos ondeantes de cualquier procedencia.
De “Invocación a la Osa Mayor” Ediciones Hiperión 2001 Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García
Una especie de pérdida
Usados en común: estaciones del año, libros y una música. Las llaves, los boles de té, la panera, sábanas y una cama. Un ajuar de palabras, de gestos, traídos, empleados, gastados. Un reglamento de casa observado. Dicho. Hecho. Y siempre alargada la mano. De inviernos, de un septeto vienés y de veranos me he enamorado. De mapas, de un poblacho de montaña, de una playa y de una cama. Con fechas he hecho un culto, promesas he declarado irrevocables, he adornado un algo y he sido devota delante de una nada, (-de un periódico doblado, de las cenizas frías, del papel con un apunte) impávida ante la religión, porque la iglesia era esta cama. De la vista de un lago surgió mi pintura inagotable. Desde el balcón había que saludar a los pueblos, mis vecinos. Junto al fuego de la chimenea, en la seguridad, mi cabello tenía su color más intenso. La llamada a la puerta era la alarma para mi alegría. No te he perdido a ti, sino al mundo.
De “Invocación a la Osa Mayor” Ediciones Hiperión 2001 Versión de Cacilia Dreymüller y Concha García
Vuelo nocturno
Nuestro campo es el cielo, arado con el sudor de los motores, frente a la noche, bajo la intervención del sueño.
Soñado sobre calvarios y piras, bajo el tejado del mundo, cuyas tejas se ha llevado el viento -y ahora, lluvia, lluvia, lluvia en nuestra casa y en los molinos los ciegos vuelos de los murciélagos. ¿Quién vivía allí? ¿Quién tenía límpidas las manos? ¿Quién resplandecía en la noche, fantasma a los fantasmas?
Al abrigo del plumaje de acero, interrogan instrumentos el espacio, relojes y escalas, la maleza de nubes, y roza el amor el lenguaje olvidado de nuestro corazón: corto y largo largo… Durante una hora bate granizo el tímpano del oído, que, desafecto a nosotros, escucha y distorsiona.
No ha desaparecido el sol ni la tierra, solo se han movido como astros, irreconocibles.
Nos hemos remontado de un puerto en que no cuenta el retorno, ni la carga ni la pesca. Las especias de la India y las sedas del Japón les pertenecen a los comerciantes, como los peces a las redes.
Pero se percibe un olor que se anticipa a los cometas, y el tejido del aire desgarrado por el cometa caído. Llámalo estado de los solitarios en que se lleva a cabo el asombro. Nada más.
Nos hemos remontado, y los conventos están vacíos desde que toleramos, una orden, que no salva ni enseña. Actuar no es asunto de los pilotos. Tienen la vista fija en las bases y extendido sobre las rodillas el mapa de un mundo al que nada hay que añadir.
¿Quién vive ahí abajo? ¿Quién llora…? ¿Quién pierde la llave de la casa? ¿Quién no encuentra su cama, quién duerme sobre los umbrales? ¿Quién, cuando llega la mañana, se atreve a interpretar la estela de plata: mirad, por encima de mí…? Cuando el agua impulsa de nuevo la rueda del molino, ¿quién se atreve a recordar la noche?
De “El tiempo postergado” Ediciones Cátedra S. A. 1991 Versión de Arturo Parada