Nuestro campo es el cielo, arado con el sudor de los motores, frente a la noche, bajo la intervención del sueño.
Soñado sobre calvarios y piras, bajo el tejado del mundo, cuyas tejas se ha llevado el viento -y ahora, lluvia, lluvia, lluvia en nuestra casa y en los molinos los ciegos vuelos de los murciélagos. ¿Quién vivía allí? ¿Quién tenía límpidas las manos? ¿Quién resplandecía en la noche, fantasma a los fantasmas?
Al abrigo del plumaje de acero, interrogan instrumentos el espacio, relojes y escalas, la maleza de nubes, y roza el amor el lenguaje olvidado de nuestro corazón: corto y largo largo… Durante una hora bate granizo el tímpano del oído, que, desafecto a nosotros, escucha y distorsiona.
No ha desaparecido el sol ni la tierra, solo se han movido como astros, irreconocibles.
Nos hemos remontado de un puerto en que no cuenta el retorno, ni la carga ni la pesca. Las especias de la India y las sedas del Japón les pertenecen a los comerciantes, como los peces a las redes.
Pero se percibe un olor que se anticipa a los cometas, y el tejido del aire desgarrado por el cometa caído. Llámalo estado de los solitarios en que se lleva a cabo el asombro. Nada más.
Nos hemos remontado, y los conventos están vacíos desde que toleramos, una orden, que no salva ni enseña. Actuar no es asunto de los pilotos. Tienen la vista fija en las bases y extendido sobre las rodillas el mapa de un mundo al que nada hay que añadir.
¿Quién vive ahí abajo? ¿Quién llora…? ¿Quién pierde la llave de la casa? ¿Quién no encuentra su cama, quién duerme sobre los umbrales? ¿Quién, cuando llega la mañana, se atreve a interpretar la estela de plata: mirad, por encima de mí…? Cuando el agua impulsa de nuevo la rueda del molino, ¿quién se atreve a recordar la noche?
De “El tiempo postergado” Ediciones Cátedra S. A. 1991 Versión de Arturo Parada