“Eres libre” -dijiste. Yo te miré en silencio con la expresión absurda de esas viejas muñecas que se pierden un día tras haberse arrastrado por todos los caminos sin rumbo de la infancia.
“Puedes ir donde quieras” -dijiste. Y de repente encogieron los mapas, no hubo puertas abiertas, una goma invisible borró todas las calles y entonces fue el dolor un camino sin tierra y sin orillas.