Una lágrima blanca en el semblante, una gualda tristeza que enrojece la desazón que ya no pertenece al rostro que se muestra vacilante,
dolido ante la luz y desafiante por no saber si el tiempo que acontece remontará el delirio que decrece cuando todo se pierde a cada instante.
Descubrirás, ya muerto en el espejo, el rómbico payaso columbino que mostraba tu pálido reflejo
en las horas de rosas y de vino que llenaban las copas del festejo del invisible llanto de «arlecchino».