Te esperé entre los chopos y en los sauces, en la tierra que acoge el limonero y en los ríos que olvidan su sendero y para hallarte crecen de sus cauces.
Te salvé de la nada y de sus fauces, hice de tu recuerdo el compañero que me dice en voz baja que te quiero y te pide en voz alta que te encauces.
Te apacigüé en la tarde desahuciada, en las noches hendidas por la luna y en la cumbre del lobo más arisco.
Y te besé en tu boca recobrada que retiene en la arena y en la duna la sangre coagulada del hibisco.