He pensado a menudo en esa lluvia que algunas veces llega a las ciudades y no da fe de ninguna tristeza, sino que cae sola y sin remedio, como queriendo hablar de cosas buenas que la gente se obstina -y los poetas- en transformar en pálidas ausencias. Porque la lluvia, el mar, las nubes, todo lo que es acuático y azul es triste, porque eligen los muertos esa playa, ese oleaje, ese perenne frío, las gárgolas hirvientes de nostalgia, la soledad y el llanto de los niños. A menudo he pensado en ese instante, cuando tan sólo se es una promesa de luz que llegará a ser luz un día, cuando la oscuridad se manifiesta y es un ámbito extraño de la vida, el cuerpo que es metáfora del aire, la palabra que es carne y vivifica. He pensado a menudo en esa lluvia que llega inesperadamente y lo hace en líquidas mañanas que se acercan, en tu noche olvidada entre los siglos y un tembloroso mar lleno de estrellas. La lluvia se consuma con el hombre y se funde en el todo y en la nada. Tu regreso inminente se confirma y estoy solo en tu muerte como el agua.