En las doradas cúspides del sueño, donde la piel redobla su ternura, donde el beso resigue tu textura y mi cuerpo reclama a su otro dueño,
donde el deseo es huésped halagüeño y la muesca caricia en la hendidura, donde el tacto remonta su espesura y la vida renace de su empeño,
donde estás tú y el labio no censura el agravio más grande o más pequeño, donde la ausencia siempre es la tortura
y tu presencia un bálsamo hogareño, allí quiero morir, en la segura tranquilidad del sueño de tu sueño.