En Éfeso las tardes son de fuego para el hombre que escribe sus sentencias cuestionándose dioses y existencias, legándolas a un mundo hostil y ciego.
Dejaré las palabras para luego. Ansioso estoy de amores y experiencias, pero en sombra convierto las vivencias que no sé atesorar y que relego.
No hay nada que objetar al sabio Heráclito. Murieron también Dios y su Paráclito en un sueño olvidado en el que pierdo
la certidumbre a la que me consagro cuando es negado al hombre hasta el milagro de revivir dos veces un recuerdo.