Margaritas

Margaritas

Cada mañana, cuando los cubre aún la nieve transitoria del rocío, recorro los sembrados cercanos a mi casa y las voy recogiendo una por una: las más grandes y tiernas, las más blancas, las amarillas como un don del sol.

Cuando tengo un puñado grueso como el tobillo de un niño de tres años, hago con ellas un ramillete humilde, esplendoroso, y lo lanzo con gesto displicente y ademán de estudiada elegancia discreta a la oscura pocilga donde hozan los cerdos. De “La quijada de Orce” 1988-1997