Amor, el animoso hermano menor de las virtudes, al nacer ha trocado mi corazón en una madre; que así pasa la noche calculando los años de sus hijos, y pregunta si los poderes que gobiernan la vida del más tierno son redentores o maléficos; si las estrellas que rigieron su nacimiento auguran vida al amor, o muerte. Ah, corazón, ¿en dónde buscas? ¿Son aquéllos los hados que presiden tus días? Saben bien que hay un rostro, en cada una de cuyas mágicas miradas la belleza abre las páginas del Libro del Destino que la fortuna del amor inscriben.
Ah, corazón, ella y sus ojos te enseñaran mayor astrología. Encima del dictado de las horas natales, sobre los signos y las conjunciones, en la misericordia de sus ojos está ya señalado si el pobre amor aguarda vida o muerte. Si esos agudos rayos, revistiendo mortales filos, del amor urgiesen la partida (aun cuando los cielos acordaren entronizar un sino diferente; aun cuando los astros más propicios, en cruce con la más generosa de las constelaciones, hubiesen bendecido el natalicio, y rogado a la tierra solidaria que alfombrase la ruta del nacido, de cuantos bienes confortaren esta sangre joven), al más leve desdén de la belleza, el amor hallará definitivamente muerte. Pero si en ella prevalecen los influjos piadosos, y dora del amor humilde la esperanza: (aunque desfavorables ennegrezcan las miradas celestes, la cuna del amor; pese a que todos los diamantes en la corona del soberbio Júpiter determinen agobios a su frente ) podían los ojos de ella rescatarlo; sonríe la belleza y el amor sobrevive. Ay, si el amor perdura, ¿dónde, si en ella no, si no en sus ojos, sus oídos, en su pecho, si no en el aliento suyo esconderé al amor de la temible muerte? Pues en la vida que le dieren otros sitios, perecerá el amor con estar vivo. O si el amor perece, ¿dónde, si en ella no, sino en sus ojos, sus oídos, en su pecho, sino en el aliento suyo, dispondré los funerales? En tumba semejante recluido el amor vivirá, con estar muerto.