Aunque no las conozco sino como rumores engarzados en vértigos de espuma, lo confieso, señores: me acontece pensar en las ballenas -azules, negras, blancas, grises- de Baja California.
Me gusta presentirlas desde mi balcón macilento y calcular tan onerosos viajes al son de su canción arcaica. Me gusta, caballeros, saberlas pensativas en caminos de sal: monumentos inmersos o retirados estímulos a la burbuja de nuestro destino.
Mis ballenas no son los símbolos del sueño de Jonás o de Melville; sí las vivas hipérboles que fluyen regalándose al inefable juego submarino; las ballenas, ballenas cuya música ignoramos de dónde viene y adónde va; las islas que danzan así, rumbosas respuestas de las unas a las otras, al abrir sus pétalos el tiempo.
Dizque por momentos -oídlo bien- perentorios ángeles de la guarda suelen empujarlas ahí mismo, con gruesa sílaba de viento y la merecida solemnidad a derramar al fin su nombre, sólo para ellas insignificante, sobre las arenas de la bahía.