Estoy desamparado, interiormente destruido, como si sólo azufre hubieran en mi pecho encontrado mis dedos, como si sólo úlceras, desnudez y vacío. Una orfandad sin límite me descubre y denuncia.
¿Quién me arrebató mis cicatrices? Estrechar tu cintura es descubrirme. Quiero encontrar un cuerpo donde refugiarme, un cuerpo, ¿el del anís, el tuyo, amor, el de la lucha? , que sea el mío. Pero ¿en dónde protegerme si llegan de todos sitios noticias del desastre y adentro de mí mismo las nutrias devoran ruiseñores? Sólo veo el tentáculo carnívoro de las anémonas, los huracanes y el enmohecido epílogo del mundo. Ya sólo queda en mí esta anatomía de garabato, de sacudido en todas manos guiñapo y caigo en el dolor, su ala me arrebata.
Ya no me reconozco. En el aire camino como en una inmensa piel de luces y topacios. Nada peleo, pero desciendo al nauseabundo pozo en donde están la escoria, la muerte de mi amigo, la herida que no me cicatriza, la vida de tragedia que somos y seremos.
Destruyamos. Que nuestros sucesores, a su vez, destruyan. Que nos recuerden por ser brujos de violencia; porque yo, a golpes de continuada gracia me construyo: mujer, revolución, la vida, el mundo.
No hay sitio en el que pueda apoyar la sombra de mis pies del que no brote sangre coagulada en piedra, esqueletos del aire abrazados al limo. De muerte y barro antiguo mi alimento. Y nosotros, ceniza.
Cuando toco tu torso hay algo que se quiebra. Cuando estrecho la mano del amigo, siento que crujen arquitecturas de cristal y hielo, que los pinos se hienden. Parece dialogara con ausentes: galopa, cráneo adentro, la vigilia, ánades furiosos baten mi cerebro. No tengo paz, ni soy feliz, ni nada. ¿Por qué esta mancha vegetal en la palabra? Quizá arrebato esta mujer a otro hombre, oh coágulo de tela, plumas, voces.
Cuando yazgo a tu lado, mujer, brota un fantasma, una mano sin huesos, un cartílago muerto; y entre mi boca y la tuya gritan y juran desahuciados hombres. ¿Cómo besar entonces tu mirada de ola, tus axilas definitivamente submarinas! Parezco dormir sobre siniestros.
Riesgo es entonces la cosecha, pequeña alcoba tu vida que me duele, mujer, en el constante insomnio.
Apoyada en mi sangre, observas el vuelo regular de los insectos y quiero desgajarte; repetir este gesto que descubre tu ya mil veces vista desnuda piel de abedul tambaleante.
No duermas. Una vez más, merodeador nocturno, encuentro tus secretos resortes de delicia. Y sin embargo entre los dos combate, enemigo, un cenzontle. Parece no tuviera ya más derecho al goce, alguien en mi conciencia torturado grita. Casi no puedo amarte, hay cielos asesinos.
Sólo siento una espantosa lasitud de selva, bostezos de caimán, nitidez de garzas frágiles, enjambre de insectos que caminan, carcomido tronco de oyamel, mi cuerpo.
Y entonces me acostumbro a disparar a bultos en la sombra, maldigo al transitorio igual que yo despojo del granito, la hormiga que cercena la tierra paso a paso buscando inútil horizonte y entonces te combato, crueldad y humillación de la esperanza, parálisis del mundo, hasta que anclemos nunca en un abra infinita.