Matamos lo que amamos. Oscar Wilde
¿Podremos dar acaso lo que somos? ¿Jamás? La carne, la mano misma con la que yo me doy, se vuelve dulcemente acero, y al durazno del día -que mastico, goloso- lo carcome la sombra. Un rastro de egoísmo contrae el gesto de la dádiva, un antiguo cansancio se detiene en el aire. La sonrisa se hiela. El agua mata la sed, es cierto, y hace trizas el vaso.
Algo de mí, seco, enmohecido, se despega conmigo cuando la piel, ya tensa, de mis labios roza apenas tu sangre. Algo pierdo de mí, calcinado, destruido, en cada río de cólera, no importa, o de cariño, con los que intento, miope, asirte, oh tú, por siempre inalcanzable. Pues algo detrás de ti se queda, durísimo, inasible, al otro lado de una puerta de llanto sólo y de tristeza y de goznes inútiles: no tengo llave, no tengo voz con qué lograr que la montaña se abra. Porque te digo amor y sin embargo mato aquello mismo que deseo, equívocos, equívocos. Somos aquello que construimos, nada, sólo un poco de polvo en la mitad inhóspita del llano, una columna lenta, con basura y humo, un instante de piedra, detenido. Más que ser, tocar un rostro. Nuestras vidas se cruzan como dos aires turbios encima de la arena o las heladas nubes de la playa. Así, ni más ni menos, coincidimos: en la calle, en la casa, en el jardín de agosto, en el abril profundo o en este julio que sangra azules y fugaces hierros.
Soy una brisa que abrasa el centro del espanto. Todo cuanto te he dado pasará, como nosotros mismos. Y la sombra, la sombra sólo, la sombra enorme, húmeda, la ceniza tediosa quedará en el cielo, como una cegadora, abierta herida en la piel de la luz.