En el año de 1961, en mayo, después de un viaje a Chiapas, el Viejo empezó a esputar sangre. Lo llevamos al hospital y se le descubrió en un pulmón un tumor canceroso del tamaño de una bola de billar. El 15 de junio le hicieron una operación de caballo. Escribí el poema a medida que descubrimos que mi padre estaba enfermo, que se vio que tenía un cáncer pulmonar, que fue operado e internado en un hospital, que le dieron radiaciones. Creíamos que se había salvado. Lo llevamos a Acapulco pensando que estaba sano pero en una alberca descubrimos que tenía ganglios subclaviculares y ya lo trajimos a México para morirse. A medida que existía la amenaza tremenda de la muerte, contra la que no se puede hacer nada, fue empezándose a hacer el poema. En los primeros versos se habla del pasillo del sanatorio silencioso donde hay una enfermera vestida de ángel, y va siguiendo el proceso de la enfermedad hasta el momento de su muerte. Entonces empiezan las letanías, todo aquello que era angustia y tortura mental, impotencia ante la muerte. Todo fue siguiendo una secuencia lógica. El Viejo murió el 30 de octubre y lo enterramos el 31. Viene luego una especie de letanía que fue inspirada por unos obreros de la fábrica que teníamos los tres hermanos Sabines y que en la noche del velorio, en la funeraria Gayosso, se pusieron a rezar, a rezar en voz alta. Eso me impresionó mucho y fue cuando a los pocos días yo escribí eso de: “No podrás morir, no podrás morir, no podrás morir…”
Seguí escribiendo hasta los primeros días de diciembre y terminé la primera parte. Casi todo el final de ésta fue escrita en sonetos. Recurrí a esta forma para concretar mi emoción, como para contenerla en un vaso, porque de lo contrario no hubiera podido escribir nada, sobre todo aquellos primeros días cuando yo sentía su muerte como mi muerte. León Felipe me dijo que lo destantearon y que le había asombrado que yo pusiera los sonetos. Me preguntó por qué. “Sencillamente porque allí estaban. Son como un vaso que hay que llenar. La forma ya está hecha y como mis impulsos se aglomeraban, eran una cosa tremenda, había que vaciarlos en un molde que ya existía. No están escritos a la manera tradicional. Rompo el ritmo de algunos versos pero está hecho a propósito para no caer en una poesía muy manoseada.”
En diciembre de 1961, al terminar lo que es la primera parte, yo creí que era ya el poema. Me dije: “Ya no vuelvo a hablar más de la muerte, ya chole con la muerte. Basta. No vuelvo a escribir más sobre este tema”. Me irritaba pensar que debía seguir hablando de la muerte.
Los tres años siguientes escribía, escribía, escribía y todo era un fracaso. Estaba pendiente algo. Un día, en casa del pintor Alberto Gironella, amigo mío en esa época, estábamos tomando unos tragos y me regaló un libro, un tomote grande, sobre la muerte en la literatura española en los siglos de oro. Hablamos acerca de la muerte, y yo le dije lo que me había pasado, que desde hacía tres años, luego de la muerte de mi padre, no había podido volver a escribir ninguna otra cosa. Alberto me dijo que eso le había pasado en su pintura muchas veces pero que lo mejor era meterse al tema de la muerte aunque irrite y duela. Y pensé que tenía razón. Y empecé a escribir la segunda parte del poema: “Mientras los niños crecen y las horas nos hablan,/ tú, silenciosamente, lentamente te apagas”. Y la escribí en veinte días.
La muerte ha sido una presencia constante en mi poesía. Ya lo digo en un poema: “¿Quién me untó la muerte en la planta de los pies el día de mi nacimiento?” Y es que mi vida ha estado marcada por la muerte. Pero desde la muerte de mi hijo Jaime a los veintidós años no he querido hablar más. Dejémosla allí, no hablemos de ella, que se olvide de mí por mucho tiempo.