En la orilla del Sena sé y no sé si el autobús me lleva o la ballena de Jonás me conduce al Quai d’Orsay. La arena de los mares suena, suena. Régates a Argenteuil de ClaudeMonet se mueven en mis ojos y la arena que pinta en los desiertos Guillaumet: Henri Fantin-Latour hizo su Breda de Rimbaud, de Verlaine. De Baudelaire era el foulard sonoro de la seda que bordaba en el aire aquel vaivén. De todo aquel momento s6lo queda lo que pienso sentado en el andén mientras el autobús me dice que sí queda El Oro de sus cuerpos de Gauguin. El oro de sus cuerpos en la acera son balandros que flotan en mi sien. Son un mástil, las velas, la carena, los veloces tacones de sus pies. Los veloces tacones de sus pies son las medias que suben, las caderas, el collar en el cuello, las hombreras con el bolso en el brazo como bies. En un escaparate reverbera una figura que es y que no es o de carne o de lienzo o de cera o la Gala del pintor de Cadaqués. He de tomar un autobús. Y un tren. Y un avión. Y un barco, por el Sena, deja en el agua escrita la carena de las quillas que pasan por mi sien. Soy el avión y el barco y soy el tren. Soy esta sensación que me encadena con la cabeza llena, llena, llena de imágenes y ritmos en vaivén. Para que entiendas todo tú también te escribo esta postal. Tú no la leas. Has de venir aquí para que veas con tus ojos mis ojos: note creas que esta postal lo dice todo bien. Si lo dijera todo, toma el tren. Y, si no dice nada, una primera. Y, si te dice algo, una litera. Y, te diga o no diga, ¡ven!, ¡ven!, ¡ven! Cenaré en la Embajada con las damas y no en Maxim’s. Te compraré Chanel. No traigas camisones ni pijamas: te cubriré de tinta y de papel Tengo en la mesa cinco telegramas, dos despachos urgentes y, en la piel, resueltos todos los crucigramas del diluvio a la Torre de Babel. Si me llamas, hazlo por la mañana de seis a siete, no de nueve a diez. Estoy aquí al pie de la ventana esperando el télex color grana cifrado sobre el tacto de tu tez. No me digas la clave: sé que emana de la combinación del diorama de música, de labios y de cama con la carne inventada cada vez. Como las letras, si, del anagrama del saturnio que somos, ama, ama estos signos que sobre las semanas de tu cuerpo militan como grama de mi vegetación sobre el cuartel de la memoria, que tendrá sus canas -tu cintura, tu zinc, tu cronograma- en las olas de todas las mañanas de la espuma que fui sobre tu piel. Escrito por los días en las granas pestañas y pistilos y ventanas de la vidriera virgen del papel, el oro de tu cuerpo se derrama en tacto, en tinta, en texto, en tez, en trama sobre la lengua líquida que llama con un rumor de ríos y de rama la basa, el plinto, el fuste, el capitel del gótico jinete que reclama la enseña y la divisa de su dama, los colores, la cinta, la retama para el torneo y justo redondel, combinación de música y de cama con ese delicado diorama que, bajo las enseñas de la grama, gleichzeitig langsam und gleichzeitig schnell, ejecuta en nosotros -pentagramas, hiperbólicas sumas, cronoramas- el vidriado Bolero de Ravel. El ministro firmó. Una llamada dice que el protocolo es de chaqué. Toma el avión y tráeme, planchada, la camisa de seda y, RESERVADA, manda por la valija, bien lacrada, la chequera, la Visa y tu corsé. Acaba de llegar un telegrama que dice que decreta una semana el gobierno de fiesta. ¡Ven!, ¡ven, ¡ven! El Oro de sus cuerpos es un falso engendro tahitiano de Gauguin. El Oro de tu cuerpo -also, also!- el oro de tu cuerpo y tu vaivén, tu ritmo de amazona y tu melena abierta porel aire en una E. La arena de tus mares suena, suena. Régates a Argenteuil de Claude Monet se mueven en mis ojos y la arena que pinta en los desiertos Guillaumet. Son un mástil, las velas, la carena, los balandros que flotan en mi sien. Con los ojos llenos de gasolina y del vapor del Sena sé y no sé si el autobús me lleva o la ballena de Jonás me conduce al Quaid’Orsay. Navegaré al compás de la bolina, grímpolas en los estayes izaré. Por tu carne -como una golosina, un circuito de nata, un canapé- navegará mi lengua submarina las escotas, las jarcias, el bauprés en el cock-tail de la carta marina -entremeses, ahumados y terrina, Gänsleber, caviar, Cháteau Sauternes y, de postre, tarta de mandarina, Peras Duquesa con hojaldre y miel polvorones de almendra y espumosa Viuda servida en copa. Minué para ti, mandarina de la China. Para ti, mi Duquesa, este proel ha trazado tu mapa turmalina en la tenue tinta mortecina de la luz que le pone en la retina el oro de tu cuerpo y de tu piel. En esta sala sola, sin salida, donde la craquelada simetría que veo dibujada en el pincel del oro de tu cuerpo y no en la guía del museo, ni en la idolatría de los lejanos mares ni en Gauguin, me hacen saber que la soberanía del territorio está en la monarquía de la carne del cuerpo de la vida y no en el bronce pensante de Rodin. En el agua del Sena a mediodía los paquebotes abren una vía a la que el tiempo pone un cascabel. El sonido que huye deja herida no tanto el aire como sí la vida, no tanto el agua como sí la piel de este caballo que se me desbrida por el raíl de la melancolía que en un ritmo de imágenes desvía la cortina y la saca del riel. Ese grisú de gas de cada día es el que quiero hoy para el pincel: no la nata montada ni la fría ordenación de la caballería en un desfile militar. Plein air! La dotación de mi artillería no dispara sus salvas, sino envía la munición contra la batería del tiempo atrincherado en el cuartel de la memoria y del mediodía que soy en este instante de mi vida ante este cuadro. Junto al Quai D’Orsay quiero que sepas que no sé si sé si el autobús me lleva o la ballena de Jonás me conduce. ¿Quién, cuál, qué quedará en la orilla junto al Sena: si tú, si yo, si el barco o la sirena. Pero esto -sólo esto- sí lo sé: tu ritmo de amazona, tu melena abierta por el aire en una E. La arena de tus mares suena, suena. La arena de tus mares son los pies que sostienen el ritmo del poema con el mismo fulgor de diadema que las manos sostuvieron el pincel. ¿Qué importa que Gauguin ya no lo vea, si la imagen es centro de la idea y, en la idea, respira aquel vaivén? El oro de sus cuerpos en la acera es la inmovilidad de la tijera que nos corta y recorta en el andén. Para inmovilizar esa sirena que oigo en las márgenes del Sena, quiero el oro de tu cuerpo yo también. Ya ves que todo es una cadena de símbolos, y suena, suena, suena el codaste, la cofa, la carena de la turgente urgencia de tu piel. En este mediodía junto al Sena la tijera que corta la cadena me ha dejado escrita en el papel toda la carta que es este poema y, en el aire, abierta la melena, tu nombre resumido en una E. Tu nombre como una diadema que destella en la ele de tu Ela mientras no sé si viene o vuelve o vuela este tan kilométrico poema pintado por un mástil sin su vela en el agua del Sena en Quai D’Orsay. Hazme caso: no quiero que lo leas. Has de venir aquí para que veas con tus ojos mis ojos: no te creas que este poema lo dice todo bien. Si lo dijera todo, toma el tren. Y, si no dice nada, una primera. Y, si te dice algo, una litera. Y, te diga o no diga, ¡ven!, ¡ven, ¡ven! Arroja al fuego esta postal-poema. Yo sé que mis jazmines en tu gema son el mejor salón que tiene el tren. El tren es lo que corta la tijera. Y el oro de tu cuerpo en la acera, la única razón para mi espera sobre el gres, gris de nieve, del andén. Por eso, mientras vienes, mientras llegas, construyo este edificio, esta quimera de palabras que trazan la frontera en el tiempo que soy sobre el papel con la tinta de tantas noches ciegas de leer en tu cuerpo la primera sombra de luz y página de cera del día que, en su día, vio Gauguin. Sobre la margen gélida del Sena, tahitiana miniada, niña buena, bailaremos sin fin un minué antes de que la muerte -la tijera que recorta las sombras en la acera- nos deje sin la la vida y sin vaivén. Antes de que te hagan prisionera los faros y la niebla y la fea escala en el viaje a la vejez; antes de que seamos anagrama del telegrama que fuimos una vez; antes de todo eso, ama, ama, mandarina, duquesa, tú, mi dama, este vagón que somos y este tren que correrá por las mañanas granas, por los años, los días, las semanas y dejará, en las estaciones canas, grises gotas de grasa en el andén. Grises gotas de grasa dicen: «Ven, ven por los años, los días, las semanas, Por el coral pezón de las mañanas y el traqueteo zíngaro del tren». Tiene la luz vegetación de alas, cromatismo de olas, hilos, balas disparadas al aire. ¿Contra quién nos herirán los aros de las horas, los relojes de arena, las auroras y el sonido del zinc en esta sien? En esta sien donde una caracola la sucesión del mar tiene, y de ola que bate en nieve púrpura tu piel. Tu piel y tu clavel y tu corola que pinto sobre el lienzo solo, sola mientras en la memoria la moviola del Danubio como una pianola de címbricos corales en vaivén me deja en las esloras de las horas las espuelas y espinas, amapolas del oro de tu cuerpo y de tu piel en una floración del rompeolas de las bombas, fusiles y pistolas que el tiempo pone dentro de mi sien. Contra esos misiles de las horas, contra esos proyectiles, el proel que he sido por el mar de las auroras de la página, la tinta y el papel, dispara hoy las cargas niqueladas, los torpedos, obuses y granadas que defienden tu carne cincelada, el oro de tu cuerpo y la nevada acuarela de líquenes pintada que dejaron mis días sobre él. El Oro de sus cuerpos de Gauguin se resume en una pincelada: es el pigmento, el punto, la mirada que inmoviliza el tiempo en el pincel. Como él, como tú y como cada cuerpo que se termina y que resbala por la página que somos, el papel de la vida devuelve, bronceada, la trayectoria roja de la bala y el recorrido terso de la piel en fuego graneado que dispara sobre la posición de nuestra nada la memoria -el único cuartel que, dentro de la luz erosionada por la ceniza del color, prepara una ventana que no tiene dintel, una coma conífera y un ala donde la trayectoria de la bala y el recorrido terso de la piel se articulan en una sola sala que la luz en instantes acristala en un juego de espejos en vaivén, donde la coma se convierte en ala, el ala en bala, y la bala en la munición que el tiempo nos dispara en fuego graneado que no para de recorrer el oro de la piel. El oro de la piel no para; para el pintor, y la mano, y el pincel, pero no la pintura ni el verano ni la música que es su carrusel. Lo que detiene el tiempo de la mano, lo que detiene el cuadro de Gauguin es el aire que pasa por el vano del instante que pasa por la piel. La cordillera del amor humano está sobre los límites del plano que, en la aceleración de su aeroplano, nos inventa la carne cada vez. El altímetro que mide lo lejano reduce al escorzo de este plano la intensidad que fuimos una vez. Veo cúpulas de todos los veranos, brújulas, hemisferios, meridianos escritos en el cuadro de Gauguin. Y veo la distancia de mis manos y siento la distancia del vaivén. El que yo fui tiene color lejano, ceniza encima, el cuerpo tatuado por el color del oro de tu piel. Lo que el tiempo me deja entre las manos es el color de todos los veranos en la Gare Saint-Lazare de Claude Monet. En la Gare Saint-Lazare de Claude Monet los colores resultan tan lejanos como lo son también los meridianos, los hem!sferios y las mismas manos en la distancia que divide al quien. El quien es dividido por lejanos colores de veranos y de planos que vemos reunirse en el andén un día del otoño cuando vamos al museo del mundo y lo miramos como un viajero desde el tren mira los puntos que le son lejanos e imagina los montes y los llanos y entra en un túnel y sale a un terraplén. Así también nosotros nos quedamos con el olor de todos los veranos disueltos en el oro de la piel y tomamos aviones, hidroplanos, globos-sondas, cohetes y llegamos no al corazón de zinc de los veranos disueltos en el oro de la piel, sino al falaz y turbio mecanismo que devuelve las balas de uno mismo repetidas en salvas de papel, en las que el frenesí de los seísmos se queda convertido en solipsismo de la emoción que abre los abismos y nos deja a un lado del arcén. Por eso digo que nosotros mismos somos reflejos de los espejismos como el poema lo es de este papel de este papel que me condena al istmo de la península de un silogismo de imágenes y ritmos en vaivén. La arena de sus mares suena, suena. Régates a Argenteuil de Claude Monet se mueven en mis ojos y la arena que pinta en los desiertos Guillaumet. Son un mástil las velas, la carena, los balandros que flotan en mi sien. En el agua del Sena a mediodía los paquebotes abren una vía a la que el tiempo pone un cascabel. El sonido que huye deja herida no tanto el aire como sí la vida, no tanto el agua como sí la piel de este caballo que se me desbrida por el raíl de la melancolía que, en un ritmo de imágenes, desvía la cortina, y la saca del riel. Ahora que soy aún mi todavía, ahora que soy aún y que no sé si el autobús me lleva a la ballena de Jonás me conduce al Quai d’Orsay; ahora que soy aún el que te mira, ahora que soy aún el que te ve, ahora que todavía nos admira El Oro de sus cuerpos de Gauguin; ahora que aún ardemos en la pira, ahora que aún el vértigo es un bien, ahora que la carne aún delira, imitemos al mundo en su vaivén. Con el lujo de goces de la China, con El Oro de sus cuerpos de Gauguin he trazado una mapa turmalina en la tenue tinta mortecina de la luz que me pone en la retina el oro de tu cuerpo y de tu piel. Los dioses griegos y todos los latinos, los de Acadia, Sumeria e Israel, los hititas, egipcios y triestinos, y el Atlántico, donde mojas tus pies, darán su bendición a este poema escrito en el estribo de la E de tu nombre, tu piel y tu melena por el aire que suena, suena, suena con imágenes y ritmos en vaiven sobre la sucesión de la cadena de símbolos que pasan por el Sena como cuchillas pasan por mi sien. Como las quillas pasan por el quien, así también el túnel nos espera en la cartografía que encadena gotas grises de grasa en el andén. Gotas grises de grasa dicen «¡ven!, ¡ven!» En carne o voz o página de cera quiero llegar hasta la noche ciega que -mientras viene o va o vuelve o llega- nos salva del metal de la tijera y nos lleva, en tu gema, por el tren. Para inmovilizar esa sirena que oigo en las márgenes del Sena quiero el oro de tu cuerpo yo también. El oro de tu cuerpo es el tesoro que bato cuando fundo, fijo, doro el territorio todo de tu piel. En la orilla del Sena sé y no sé si el autobús me lleva o la ballena de Jonás me conduce al Quai d’Orsily. La arena de tus mares suena, suena. Régates a Argenteuil de Claude Monet se mueven en mis ojos y la arena que pinta en los desiertos Guillaumet. Contra el tiempo que hace este poema contra el tiempo que hace que no es, ante ti, mandarina de la China, ante ti, mi Duquesa, este proel ha trazado el mapa turmalina en la navegación a la bolina que disuelve la luz y difumina sobre el texto del tacto de tu piel la visión que se me rebobina en la sesión de cine vespertina con el lápiz de labios más cruel. Con los ojos llenos de gasolina he leído el espacio: una Menina de Velázquez. Y el tiempo -coronel de la muerte- me dio, como propina, el gimnosperma poema de tu piel. De “Música de agua” 1983