Ya empiezas a dorar, octubre mío, con las cimas del huerto, ésas -distantes- del pensamiento a cuyas frondas fío la sombra de mis últimos instantes.
Corazón y jardín tuvieron, antes, cada cual a su modo, su albedrío; pero deseos y hojas tan brillantes necesitaban, para arder, tu frío.
Aterido el vergel, desierta el alma, más luz entre los troncos que despojas a cada instante, envejeciendo, veo.
Y en el cielo ulterior, de nuevo en calma, cuando terminen de caer las hojas miraré, al fin, desnudo, mi deseo.