Tú me llamaste al íntimo rebaño -única voz que manda cuando implora- mientras la burla despreciaba el daño y florecía, en el cardal, la aurora.
Era la intacta juventud del año. Principiaban el mes, el día, la hora… Y el corazón, intrépido y huraño, te oía sin creerte, como ahora.
¡Ay!, porque -desde entonces-, ya disperso sobre la vanidad del universo, a cada paso, infiel, te abandonaba
y con cada promesa te mentía y con cada recuerdo te olvidaba ¡y con cada victoria te perdía!