Desde que te marchaste no consigo que vuelva a reír el naranjo, en cuyas ramas ponías a secar mínimas prendas.
Pálidas las paredes del salón, aún se acuerdan de otras tardes, de ti, de otras mañanas, de otras noches más allá de la regla.
Desde que te marchaste se ha quedado de piedra esta casa de campo, donde fuimos, sin pretenderlo, escándalo de viejas.