Sentada en la penumbra del convento, Teresa observa el muro gris y yerto; no la turba el silencio, ese desierto del alma, en la quietud del aposento. Los sueños y los goces de la vida que en el duro Carmelo palidecen, en ella ya no existen. Obedecen sus ojos a otro sueño, a otra medida: piensa en la dicha amada que le espera, en el dolor que roe sus pulmones y ofrece en redención y la lacera; sabe en su pequeñez que no está sola, que en la noche y sus arduas aflicciones es Dios quien sufre en ella y quien se inmola.