El pan de cada sombra

El pan de cada sombra

I. Esta costumbre…

esta grave costumbre de perderse al momento en que hilos, hojas lanceoladas, tenues luces de rostros se deslíen y cuerpos se borran como en una vieja fotografía.

Hacienda, pan, todo guarda su nombre bajo la sombra.

Siete vados antes de entrar a la ciudad aún esparcen su mancha neblinosa.

II. Ruinas, nogales, sicomoros…

desmoronándose en mis manos, y entre huellas el asomo de un lugar.

Espeso polvo, cordilleras, nocturno el cañón donde los gansos blancos de Babícora esparcen la ceniza que dejaste enterrada en el Chuvíscar, en la distancia que llamamos cercana indiferencia, sus múltiplos sumándose a la trayectoria de tus días.

El eco de tus lamentos entre muros, la soledad que ciñó tu muerte, mito de noches y distancia, certeza de lo que no es.

III. Arde la aurora…

alumbra la ciudad en ruinas, el corredor de ancha bóveda, los caminos de tierra, el pantanoso piso de la caverna; y buscas en tu cuerpo ese cuerpo extraviado que se hunde.

IV. De noche las persianas…

los sueños alejando su frente, el vino que aromó la mesa, el mediodía; él era el mediodía, la morada, el sueño de quien ve doblemente en los espejos; y en ese sueño el alarido, la cuerda que nos ata de los crepúsculos a la contemplación. Hablará de tu luz, alas de hielo devolviéndome el canto, la fuerza de los años sostenida en un atril.

V. Qué lugar es éste en el que habito…

de hojas y penumbra presentir. El polvo sella el hambre del recuerdo… Cae la noche entre el silbido de los trenes. Vestida de novia la muñeca de la hacienda va por el pasillo oscuro.

VI. Orlas, círculos en la arcada central…

El amor desciende sobre el imperio de la cera, alumbra el pan de cada sombra, las tardes de manganeso, la puerta en la balaustrada que abre al mar de tu borrasca.

Vuelve a tu cuerpo lo marmóreo azuloso de raíz y desde el techo antorchas cuando el agua del corazón adormece.

La sequía adelanta una luz y su palabra, al centro, como una gran copa de alabastro.

VII. Desde lo alto del jardín…

el ocelote; desde lo alto la columna, el blandor de la hierba, la sal, la blanquísima túnica del olvido; devastada ciudad, salutación del mago que de lejos aproxima el resplandor, el invierno que adivinas y hiere –su cobija de escarcha.

Junto al mar, en el risco donde los pelícanos duermen, una reja sobre tu rostro, una casa vacía entre la cresta y la baja marea.

VIII. Jardín donde la rosa desgajó sus pétalos…

sobre altos aleros de ébano; las demitasses bajo el péndulo, el piano, su macramé deshaciéndose entre gasas y azogues de espejo.

Un eco apenas luz arde en el recinto de azulejos.

IX. La pileta al centro…

los adobes, la acequia donde flotan nardos: cóndores que se hunden en la niebla; la pérgola, el vino puesto, la silenciosa sal, el pozo oscuro de palomas, la lluvia contra gastados cristales, velas que resplandecen, remota luz que enciende el pasado a la mesa.

X. Tres blancos potrillos se alejan…

La materia del deseo gastada en la precisión de tus infinitos cálculos es la noche rumiando la dimensión del fruto, breve en la mano abierta del invierno sobre el blandor del pasto. La materia del deseo, su precisión de infinito, es la noche, esta noche rumiando mi dimensión de fruto.

XI. Entre aleros y campanas…

rezos y palomas se extienden a lo largo de la calle. Y la madre, abismada en su ajetreo de alacenas, en su ir y venir por el negro lienzo, por el negro día donde la hierba fenece. Los aleros se desploman como palomas muertas. Así van sumándose las horas, el crujir de la madera, las sombras de los sicomoros en medio de un silencio, en medio de un vacío que recorre tu espalda; sumándose las horas, largas horas de este invierno que enmohece. Mas la malla resguarda el jardín entre azulejos. Aquella edad aún pende de la rama, pájaro enfermo que al anochecer se abre al caudal de una nostalgia que crece.

XII. Dos ibis sosteniendo el tiempo…

cielos para que al menos un instante pudiéramos soñar. Luego, los altos montes, atolones circundando la isla, esa limitación tatuada de faro y llaga de raíz, esa perpetua gaviota perdida entre los riscos, esa raíz oscura de lago mudo y órbita violeta. ¡Oh madre! La muerte en tus manos y en el orto las rosas abiertas hacia la copa del ébano, urnas que alumbran la levedad. Y en el principio el Amor con sus alas rojas sucediéndose sobre láminas de cobre que su piel desprenden. Fuego, manos, marchitan esta grave costumbre de rostros que se deslíen y cuerpos que se borran como en una vieja fotografía.

Hacienda, pan, todo guarda su nombre bajo la sombra.