su clarísimo carbón, su pátina de viento… la tierra apenas humedece la piedra circular donde manan antiguos destellos, el néctar petrificado, cristales de este invierno; y en generosa calma buscar entre menudos giros otoño adentro los recuerdos cuando todo es cascada acreciendo su abandono.
la voz, ese leve impulso contra el cielo, un surco de gaviotas, ese mar entero de brazos que extienden su corazón de nuez, horas de este invierno como un tigre, su callada resurrección entre sombras, la vida, recordarás la vida, breve sustancia, voz, lámpara que es niebla ante el espejo.
un nombre cada fotografía, un año cada árbol; dorada en semillas, de grisácea arcada, la oropéndola teje su nido.
Las nocturnas copas de los árboles son nuestras. Nos hundimos y no basta llegar a la raíz; ese perderse entre sus copas subterráneas es la voz, incierta y estrecha apenas arde; hora del comienzo y el fin, suma de moradas bajo la luz de los olvidos.
de un cielo rasgado, y en la inmensidad íntima de los bosques, aquella edad del que nada sabía, abierta a la luz de los deseos. Pero la niebla ciega cualquier señal. Ocre de raíz a río la forma devanada de la noche, su aliento apenas audible: voz incierta, apenas arde, álamo distante que flota en el seno de este sueño.
sólo esa sensación de carne que se desmorona en un paisaje de invierno.
Porque fuego es presagio de hielo, desnudez de ángel, opreso laberinto, ausencia con dedos de sangre dibujada.
segura de su luz, aroma de agua quieta; en lo fugaz del arrullo primero la leve coincidencia.
Sólo una noche basta para alumbrar el lento ascenso en tenue pulso que retorna. Dentro del hálito la quietud, su deseo estalla sin dispersar fragmentos.
Desde la raíz, entera, la frágil voz regresa.
los ánsares, este sentir apenas el reflejo porque oblicua nace la sombra, la conjunción que cierra la niebla, esa materia finísima del sueño, su naciente verdad que llama desde lo hondo, la desierta memoria que germina.