I Abra tu luz mi niebla a sus engaños, pues no he nacido para compartir el odio, sino el amor. He ahí las huellas de la nieve, el mar donde todo concluye, briznas de azul al pie de las colinas. La ola en la que fui, mi duración, el muro es una sombra informe que se aleja camino de otras playas. De un cuerpo a otro hay el tiempo de una vida, de su soledad a mis ojos hay la distancia de la muerte. Juntos en un paisaje aterido de sed vemos el sol de julio que se descompone, cómo cae gota a gota desvistiéndote incluso del color que oscurece mis palabras, un viola emborronado por el muslo del día. Vienes desde el sonido de una vieja ciudad (agua oculta que llora entre arrayanes), para darle otro nombre a la aventura: un mar sin mar y al fondo los cipreses, ese silencio que me hace diferente de ti.
II Recorrerte sin pausa, como quien se despereza al sol; ser el sendero donde inscribir tus huellas. Heme aquí, acurrucado junto al estallido que amaga el roce de tu piel. Cobijo mi pasión a la intemperie bajo el árbol frondoso de tus sensaciones, esa implosión de un cuerpo en el que busco anclarme. Vieja luz que alumbra, sin embargo, todavía.
III Piensa si todo esto terminase. La floración del día y de la noche, de este día preciso, de esta noche precisa, lo fortuito de un azar que surge inevitablemente. Piensa si fuese sólo el principio de otro final que ya no espero, que vuelve a decirme que si todo esto terminase, por qué. Piensa. No, toca la luz de nuevo, sin pensar, el borde de una quietud donde se desmorona cuanto nos hizo islas. Si acabase todo, el fulgor, la sed, la opacidad de un territorio que no es cuerpo, que nos vuelve cuerpo, sin limitaciones, piensa, tanto estupor ¿cabría en un poema?
IV Daré tu nombre a cuanto vea, me aferraré a la imagen de tu cuerpo como la yedra al sol de mediodía. Igual que el mirlo al recorrer las hojas busca en la nervadura los gusanos, iré a trabajar los surcos, a sembrar la memoria si es cierto que para morir, como dijo el anciano, basta sólo un ruidillo: el de otro corazón (¿mío, tuyo?) al callarse.
V Pero, a decir verdad, no sabemos morir. En el fluir del día que no acaba oigo un murmullo circular, el labio que bebo sorbo a sorbo. Tócame. He atravesado océanos de tiempo para llegar a ti, la noche sin raíces. La tierra fue el principio, la tierra devastada que repite sus sueños. Me hicieron renacer como quien siembra entre los intersticios de una roca y espera sin dudar hasta que crezca el fruto. Luego vino la lluvia desde un cielo cansado de oscurecerse sin razón. ¿Comprendes ahora? No fui yo.
VI Lo que sucede, al cabo, son colores. El rojo sangre de quien nada olvida, el amarillo de la indecisión, o el verdiazul que surge como un soplo desde una noche que no fue derrota sino confín. El blanco de reconocerte entre las huellas menos personales de un alba compartida: sólo tú, las variaciones de la luz y el peso de una certeza incomprensible. VII Suspende el año enti sus estaciones. En esta antigua selva donde estoy el tiempo se abre paso con dificultad. Discurre a solas sin tu nombre y no envejece ni se instaura, sólo finge avanzar a tientas por un túnel hecho de azar y de pasión, de todo cuanto nos hace vagamente humanos. La vasta tierra que recorro me descubre en el trazado de tu piel, y ese hueco dormido que llaman corazón es un chorro de agua brotando en el desierto del último verano que perdura.