Ahora ya sé que el júbilo aún existe, que tu rotundo vientre me unifica en esta dispersión que ha sido mi ceguera. Fuiste verdad visible, combustión, palabras que mis manos llovían sin descanso desde el temblor de un vértigo insondable. Una mirada acuosa me sigue desde entonces y, como quien no cede a tentación, sepulta mi memoria bajo un humus de tiempo, donde el amor en llamas borra las sombras. Mírame, desnudo de tu calor. No hay muerte ni amargura sino un sol extranjero que pronuncia tu nombre, su música callada, su delicadeza, con el fervor de un viento que no olvida. Sé que este martes de noviembre, mientras paseo atravesando el frío del otoño, tu voz me grita desde su silencio, desde otro cielo y en ningún lugar. No pude oír desde tan lejos el sonido del aire pero aprendí a mirarte en cada rostro, en la agonía verde de los árboles, en su inasible luz, sabiéndote despierta de tu profundo sueño, no de mí.
“La mirada extranjera” 1984-1985