Una mujer, un hombre, una ciudad. La ciudad sin objeto. O una escena de amor.
Alguien que se desdobla en estrías de luz, caminando sin prisa por los soportales.
Una mujer aún joven; sus inciertos poderes sin otros límites que los que impone un rostro ajeno donde nadie ve.
El hombre avanza a tientas por el pálido cielo, dueño de un aire intacto que no puede usar.
Ando cansada por las avenidas, dice; no es amarillo este fuego en que quemo mi vacilación.
Él no responde, se reclina, espera. Ella sonríe. No es silencio: sabe.
Del otro lado del espejo, noche. Y una mujer, un hombre, una ciudad.
“La mirada extranjera” 1984-1985