El testamento de Drácula
(según F. F. C.)
Estas son mis palabras, mis últimas palabras. Crecen en torno a mí sin que yo las vigile, luego retornan a mi boca y en ella se aposentan para pasar la noche. Las digo en voz tan baja que ni tú las escuchas a ras de suelo, tan inaprensibles que hasta las piedras las absorben. Todo es posible aquí. Tan sólo yo soy imposible, un rostro sin color ni volumen por estas galerías donde se repiten espejos en espejos. Todos están deshabitados. Nada devuelve su espesor, salvo una luz confusa, dibujando mi ausencia entre los vidrios rotos. Narciso fui cuando vivía. Mientras no estuve en el arcén del tiempo, lo miraba pasar. La muerte ahora es la venganza de los otros, de esos otros extraños a quienes amé sin proyectarme en ellos. Ven a mí. No te haré ningún daño. Sabe que de soledad en soledad huí de un cúmulo de eternidades para cruzar la tierra. Fui viajero, me deslicé hasta sombras que antes no conocí, y en este exilio, cuando miro atrás, pienso en el sueño de los justos: un islote de espuma saturada de azul. Tal vez los fríos del invierno sean piadosos conmigo. Sé que sobre mi tumba nacerán flores amarillas.