La grímpola en el mástil y el cincel diminuto, el estilete, el fuste y la magnolia: todo materia de dolor. (¡Abridme las puertas de la noche!)
Pero dónde el cendal, dónde la encubridora sierpe, el misterio dónde está que por el aire sola tu ausencia en sombra como olvido transcurre.
Nada pasa, amor mío. En la ciudad desierta, el humo del alcohol como la lluvia es breve; es un cuchillo helado, o una forma que pesa; pero acaba, (todo acaba, amor mío) como la lluvia, sobre tu soledad.
Mira el voluble y cálido sopor de los escaparates, el triste parpadeo sin destino de las luces eléctricas. No recorras las calles ahora que en las paredes, ciegas de tanta cal, unos labios resbalan y en el aire agoniza el último murmullo de una balada del amanecer. Escúchame, no temas la quemazón hiriente de los focos, la luz dispuesta en cajas sobre los anaqueles. No es verdad, amor mío. Todo es júbilo aquí: la alegre máscara del bailarín inmóvil y el asombro de la muchacha sorprendida al borde del acantilado, mientras el viento sueña con alacranes rubios y alfileres que la niebla diluye.
Cuánto espacio mudable en avenidas. En el húmedo césped, como verdor que estalla, hay celajes de púrpura y acrisoladas flores de papel.
Ven, ven. Tus ojos brillan. Bajo la abrumadora sombra de los parques beso un cuerpo dormido.
El aire gime y tiembla como azulada llama de un antiguo quinqué. ¿Sabes? La lluvia arrecia sobre esta humosa floración de bruma mientras el boj repite sin límites sin límites dulce cuerpo desnudo sobre el que desemboco como en la mar, o el mar, o un mar: tragaluz de las olas.
Mar total que es un nombre,
un nombre perseguido sobre un labio.
De “Una perenne aurora” 1969