A Ahna Bishop y René Jara
I El mar, incomparable. El oleaje quieto de tu desnudez golpeando con calma este silencio en los acantilados de mi excitación. El cuarto está tranquilo. No hay fronteras. Miro el escueto resplandor del día desperezándose sobre tu piel. Dormida, sabes de los vestigios donde se disuelven la tormenta y su furia. Justo al filo del alba. Nunca los cuerpos solos en su soledad, siempre aislados en la multitud. Te escucho respirar, tan lejos y a mi lado, como el agua que muere, libre en la voluptuosidad de tu deseo vuelta espuma sin nombre, en la desierta arena del amanecer.
II Yo inventé nombres para ti, tú, la aún no nacida, la oculta por un nombre que no quise ver. Esperé mucho, demasiado tiempo para poder sentir desde el silencio ahora inevitable el rumor de mi cuerpo junto al tuyo, este mar sin fronteras donde navego al pairo y busco naufragar. Yo inventé nombres para ti, como otra forma de caricia. El alba es ya conciencia y nos acoge. Ven, acércate. No hay nada como saber que el mundo es un sendero y nos invita a caminar. “La mirada extranjera” 1984-1985