A Vicente Granados
las entrañas heladas tomaron poco a poco en piedra dura. Garcilaso
I La frágil tranquilidad de un hombre solitario tiene a veces la forma ondulada de un cuerpo nunca poseído. Nada es entonces tan desoladamente triste como el silencio que mana de sus ojos; nada tan profundamente comunicable como ese gesto inconsciente de vida incorporada a la tierra que envuelve la inmovilidad de su humano abandono.
(Quien no ama, no avanza. Permanece sin nombre.)
Sentado, el hombre mira su soledad, que una interrogación finge y deshace sobre un horizonte sin frontera posible.
A veces ser respuesta no sirve, nos limita. Nadie puede sobrepujar esta invisible y cálida pared que la espuma corona.
Labio de par en par, una ola fluyendo como un sonoro beso sobre la arena estalla, y en nítidos cristales su insinuado fuego se rompe y desvanece. ¡Qué oscuridad! La noche. ¡Qué olvidada su apenas blanca sensación de nube!
El viajero medita. Sobre el oculto pensamiento ondea su cabellera lacia. El mar, el mar. Y la palabra el labio nunca expresa. Es un continuo ir y regresar, crecerse como en cascada: el mar, inacabada eternidad, silente, renacido.
Sin escuchar la temeraria voz de la arena, el hombre luego se alza. ¡Qué ruidosas sandalias! Cuando avance su delicado pie rompa la espuma su estar quieta, o allí, sobre las rocas lentamente apagándose.
Junto a la hiriente grava hay sombra. Puede verse que la verdad más cierta a veces choca contra un muro de agua, donde un día la libertad se escribe, y luego un golpe de mar lo borra bruscamente.
¿Dónde ahora la espuma silenciosa que el horizonte envía hasta su mano? Tiembla en el aire un polvo de ceniza recién caída de lo alto. II Henos aquí, de pronto, frente al espejo. Cae la luz y los perfiles se desdibujan, arden sin existencia. Blanca superficie -fugaces los límites- devuelve una sombra: la imagen. Sombra y más: soledad sin origen. Es grave la expresión y un vacío se asoma por el valle desierto de los ojos.
(Qué inhóspita esta cárcel, mudo cristal sin tiempo.) Una arruga nos hace más humanos, espíritu sin medida, el instante.
Alrededor el mundo, silencioso paisaje de tristeza, se alza sin amor. El ropaje con que al mirar vestimos nos aísla. Se esparce en torno, como un don, nuestro existir, e invade sin poseer. Y es tarde para iniciar de nuevo la andadura. Distantes nos contemplamos: dioses del universo. Y cae la luz y los perfiles se borran y no hay nadie ni nada. Sólo el hombre y sus dos realidades: la soledad, la muerte, turbio río secándose.
Henos aquí. Buscábamos la brevedad, el trance de la vida al amor. De pronto nos invade el misterio. Miradnos. En nuestro pecho yace la tristeza. Ya somos humanos, perdurables.
“Víspera de la destrucción” 1966 - 1968