I Pura como un enigma, como la luz desnuda que respiro, dime qué soy para el silencio de esta noche de agosto, sin milagros ni júbilo, de este noviembre anticipado donde el amor se anilla como fruto sobre tus hombros frágiles, y tu cuerpo se vuelve playa rumorosa para mis manos, donde se endurece tanto brusco recuerdo, como un mar desbocado que fuese asombro y muerte y aventura y no supiera que aún hay tiempo, que halló hospitalidad donde halló nido.
II Desnuda y grácil como el aire viniste a mí desde una primavera donde la nieve es dulce y da sentido. En tu amorosa inundación moraba la plenitud de un mundo devastado sobre el abismo de la carne. Ardías, sola en medio del frío que me llevaba a ti, blancor indescifrable donde no hay antes ni después ni nunca sino luz, puro espacio donde el deseo anida sin objeto. Es otoño otra vez. No hay soledad, ni voces, sólo palabras que simulan lumbre sin comprender que el agua de tu boca pudo apagar el fuego de mi infierno.
III Esta lenta penumbra con que muere noviembre se posa en la terraza, junto a la enredadera que ella sembrara un día tan cercano. Una pereza húmeda diluye su memoria entre la tierra seca, como esa sed tan dócil, empapando una lluvia que no llega. Aquí buscó fingir un posible horizonte inventando una gruta que fuese como un cielo, y conoció la muerte por sí sola. Es éste un sitio donde crecen flores. Supe de la ternura por su opacidad. Y era el aire tan frágil que no siento su aroma sentado en esta noche donde el sol ya no brilla oculto como está bajo una nieve hecha de amor y límites y olvido.
De “Tabula rasa” 1985