Paraíso clausurado

Paraíso clausurado

A Pedro J. de la Peña

Y es esta luz (los sueños de la infancia, el vozarrón acuoso de los ómnibus, la melancólica decrepitud con que las olas vierten su murmullo) tímida luz, dureza de agonía, no la oquedad sin límites tras los escombros del amanecer.

La voz al labio acude, y se rompe, y resbala, y no sabe cuánta culminación duerme en la noche su plenitud: pupila inmensa transcurriendo entre unos grises párpados sin fondo.

Todo ante ti es silencio, a cuyo tacto, áspero, el tiempo acrece su gemido. El chamariz, que es aire (un fogonazo de oscuridad, la cálida estampida de los sollozos), gime, desnudez de un azul que agoniza entre los álamos. Agonizar, qué triste maniobra del corazón. Canta, amor mío, canta las hojas de los parques, este sabernos que tampoco sacia, pero que ofrece dulce compañía; y tu vivir, hoy lluvia, ya no tierna erosión, resplandezca bajo esta humanizada soledad que tu quietud penetra y convulsiona. Los sueños que aún perduren olvídalos, son máscara, antifaces de sombra para el dolor. Escúchame, mírame ser: sobre mi rostro adviene la telaraña humosa de los días.

Aunque ahora vuelvan a cantar, qué calmo este mítico edén, los gnomos y las hadas, tanta historia de príncipes y de princesas que en abanico trenzan su sofoco, tanto incansable pájaro dormido de lo que un sueño fue. Tú continúas ante la clara umbría del otoño, frío sopor de isla sin peces ni sosiego, bajo una luna en paz.

Amor, tu lucidez qué torpe todavía. Qué serena la escarpia resbalando donde, con un chasquido, la luz asoma entre los árboles y una música fulge en el silencio.

“Ritual para un artificio” 1971