Como aquel alfarero que rompía las jarras nada más terminarlas. Sin perder la sonrisa destrozaba los platos y los vasos
y luego se ponía a decorar los fragmentos dispersos por el suelo con sangre que sacaba gota a gota de sus dedos y brazos, de sus muslos, de las callosas plantas de sus pies.
Extraía de sí los pigmentos del alma hasta quedar exhausto y venir los insectos a chupar sus heridas. Los vecinos, por compasión, ponían monedas en el torno y se llevaban trozos de loza hasta sus casas.
Al despertar seguía sonriendo y de nuevo amasaba en el barro mojado las formas de lo informe, los diminutos cuencos donde cabe lo eterno.
Vikram Babu pregunta: ¿dónde bebes?