El saltador se encoge, se agarra las rodillas, esconde la cabeza entre las piernas. A punto de llegar da un latigazo y se estira de golpe contra el agua: al sumergirse nace, y el mundo, sacudido, vuelve a iniciar de nuevo sus circunvoluciones, su salto de gestante que atraviesa el espacio como una caracola o bosta o piedra lanzado hacia la luz: le enseña el saltador al mundo su trabajo, y a convertirlo en juego, y cómo al zambullirse quedar recién nacido: le enseña el mecanismo de la vida.
El mundo se detiene y mira concentrado, quizás reconociéndose en los gestos del hombre que rota y se traslada dibujando una elíptica con su cuerpo visible sobre un eje invisible.
Es el mundo el que salta, no es el hombre: esa bola que rasga la seda de la tarde desnudándolo todo, no es un hombre: es el cauce de un río, las raíces de un árbol, la tierra de aluvión, pero no un hombre: es el molde de un hombre, un recipiente vaciado de un hombre y luego vuelto a llenar con el cauce, las raíces, la tierra: es el hueco dejado por un hombre para darle un cobijo a las cosas del mundo.
El hombre, cuando salta, ya no piensa, pues su interior es agua, filamentos o polvo.
Cuando salta es el puro movimiento y es la inmovilidad perfecta y pura: es el mundo que gira y el mundo detenido.
El mundo, ese aprendiz de saltador, y el saltador, ese aprendiz de mundo, se duermen en el aire y nos suenan.