Amada Regina

Amada Regina

En todas las ciudades busco siempre un hotel que llevara el nombre de ella. El Regina de Roma y su fachada severa y gris, fascista, de granito. El Regina de Londres, frente a un parque tristísimo al crepúsculo. El Regina con las piedras negruzcas de Bruselas. El cálido Regina de París, junto al «quai» solitario de barcazas. El Regina y su zócalo de moho lamido por las aguas oscuras de Venecia. Y cuando ella murió, y él no viajaba ya, el último Regina, en el bullicio del centro, en Barcelona, le acogió con sus gélidos espejos y con su delicada marquesina de hierro y de cristal en la calle Bergara. Regina amada, hoteles y mujer: algunos negros bultos en la noche, la caldera encendida y los neones de tu nombre, violentos de tanta soledad. Ciudades que están llenas de imprevistos hitos de amor.