Caligrafía

Caligrafía

Ha apoyado la frente en el cristal frío, empañado, con trasluz de invierno. Escribe el nombre de ella y, a través de las líneas que traza con el dedo, la ha visto en un paraje solitario con el mar y las rocas en la noche. Al fondo, las estrellas: de pronto, las gaviotas alzan el vuelo como un resplandor al paso de un falucho. Se ha engañado: detrás de la ventana hay una calle que el alba hace más triste, sin un alma, con coches aparcados. Tras las líneas comienza a amanecer: el sol naciente borrará ese nombre en la escarcha rosada del cristal. * * *

Cosas en común

Habernos conocido un otoño en un tren que iba vacío; La radiante, aunque cruel promesa del deseo. La cicatriz de la melancolía y el viejo afecto con el que entendemos los motivos del lobo. La luna que acompaña al tren nocturno Barcelona-París. Un cuchillo de luz para los crímenes que por amor debemos cometer. Nuestra maldita e inocente suerte. La voz del mar, que siempre te dirá dónde estoy, porque es nuestro confidente. Los poemas, que son cartas anónimas escritas desde donde no imaginas a la misma muchacha que un otoño conocí en aquel tren que iba vacío.


Edad roja

A Àlex Susanna

Tanto tiempo has tardado en aprender que llegas tarde al gran amor: Que nunca habrás vivido una edad de oro. Las rosas de Ronsard nunca serán perfume en tu mirada, ningún otoño habrá de deshojar, en los brazos de nadie, lentos pétalos. Con el olvido tapas los espejos igual que acostumbraban en las casas donde había un difunto. No vuelven las mujeres con las cuales cambiabas años de tu soledad por un fugaz momento de ternura. Tan ardiente es la vida en el otoño, que en las horas de angustia no podrás amar ni a la mujer que ya has perdido.


Embraceable you

Es triste poner Gershwin sin poder abrazarte. Somos el blanco y negro de una vieja película: las parejas bailando, y los barcos de guerra que han de zarpar al alba. Quizá fui aquel muchacho que pereció en combate, y tú aquella muchacha que nunca olvidaría la canción. Vivimos en la sombra su mañana perdido en oscuros bailables. Pero hoy, aquella música se toca en los conciertos y nadie ya la baila. Hemos errado el tiempo, destruido los recuerdos. La fiesta está acabando: guarda el último baile -la luz de oro del saxo y una pieza de Gershwin- para cuando se acerque la hora de embarcar en el buque de guerra.


En torno a la protagonista de un poema

Conocía muy bien tu piel dorada, la señal de peligro de tus ojos azules. Sueños de profesor que comenzaba a perder su futuro. Hace mucho surgiste entre aquellos muchachos y muchachas del bar acristalado de nuestra Escuela blanca, desde donde veíamos el mar. Me preguntan quién eres. Quizás, un día, expertos en soledad y en crímenes pasados buscarán, amparada en las palabras, la sombra de tu nombre y no hallarán sino cartas violeta de la noche y el rastro, entre papeles, de unos ojos azules.


Faros en la noche

Intento seducirte en el pasado. Las manos al volante y esta luz de club nocturno del tablier me dejan -fantasía invernal- bailar contigo. Detrás de mí, igual que un gran camión, el mañana hace ráfagas de luces. No lo conduce nadie y me adelanta, pero ahora tú y yo viajamos juntos y el coche puede ser el dos caballos de los años sesenta hacia París. “Je ne regrette rien” canta Edith Piaf. Bajo la ventanilla, entra la noche fria de la autopista, y el pasado se aproxima de cara, velozmente: cruza y me ciega sin bajar las luces.


Flores blancas en la niebla

Sábanas grises de la escarcha cubrían el bancal de los almendros; pero llegaron lluvias como máscaras y la hierba borró los espejos del frío. En la invernal mirada un aire cálido comenzaba a mentir a aquellas alas grises de pájaros erráticos en árboles desnudos. En una sola noche de tibieza con reflejos de sombra en el espejo, los almendros se abrieron en sus flores. Tú llegaste también en un tiempo de frío y soledad: El amor fue la brisa sobre la escarcha gris. Las flores olvidadas extendían olor a primavera en el ámbito helado, nieve cálida de breves flores blancas. Con tristeza las recuerdo durante aquel invierno que en una sola noche las heló.


Historia en un ático

La vida convirtiéndose -¿recuerdas?- en viajes y trabajo. La terraza, las vistas, y nosotros mirando hacia otra parte: así acostumbra a iniciarse el error: Pero al final, hacía tanto frío que una tarde cerramos la terraza de aquel ático. Sabes lo que te ofrezco: un viejo buitre a quien el miedo hace volar más alto y que prepara su vertiginoso descenso hacia las últimas carroñas. Del confuso negocio del amor quedan sólo las últimas monedas de un tesoro saqueado. Conversemos, ya que nosotros siempre hemos hablado, y la conversación tiene el calor que desea quien sube a un tren nocturno como el que se me lleva: mi pasado se borra y el futuro ya no es nadie. Es otra clase de felicidad.


Horarios nocturnos

Acostado a tu lado, oigo los trenes. Cruzan mi frente sus fugaces luces rasgando el horror tibio de esta noche. La pausa de silencio me deja una luz roja, una nota sobre este pentagrama de cables y de vías oscuras y brillantes. Acostado a tu lado, oigo cómo se alejan con el ruido más triste. Quizá me he equivocado no subiendo a uno de ellos. Quizá el último acierto sea -abrazado a ti- dejar pasar los trenes en la noche.


Iniciación

Calles estrechas con esquinas tristes, rótulos anunciando en los balcones lavajes y la cura de venéreas. Lances de amor, permanganato, el alba. La primera mujer en un cuarto con sábanas heladas. La luna tiene el rostro de aquella pobre puta de Madrid. La ciudad gris, como la policía. Fue en un mítico viaje clandestino. No quiero añadir más literatura. Ni me marcó ni me hizo sentir sucio. Sólo un tanteo previo para irme acostumbrando a este misterio que une dentro de mí mi amor por ti a un peligro de oscuros callejones.


Interior perdido

En el fondo del cuarto, un dorado de mujer se va apagando igual que una bujía. El oro de la piel en la penumbra de alba donde nunca llegaré a abrir los ojos es la herida de tu cuerpo desnudo en el espejo. Hoy eres una carta en la que tu voz ronca se armoniza con sueños fracasados y, desnuda, bailas conmigo lentamente, hendida por el mañana inútil de un instante fijado al recordar sin esperanza. Oscurece y me acerco a aquel hotel para buscar tu cuerpo carbonizado, ausente, pero allí tan sólo está la noche, una luz roja que en una calle en obras mece el viento.


La carta

Mirabas siempre hacia adelante como si allí estuviese el mar. Creabas de esta manera un movimiento de olas ajeno y mítico en alguna playa. Nos unía la fuerza peligrosa que da al amor la soledad. Aún hace temblar entre mis dedos, de forma imperceptible este papel. Camino abandonado entre tú y yo, cubierto por las cartas, hojas muertas. Pero sé que el camino persiste. Si abandono la mano sobre el pequeño fajo, la siento descansar sobre tu espalda. Solías escuchar hacia adelante como si allí estuviese el mar, ya transformado en una voz cansada, ronca y cálida. Poco nos une aún: sólo el temblor de este papel tan fino entre los dedos.


La combinación

A Mari Carmen Parma

Sola entre dos infiernos -el de la libertad y el de la edad-, ya no he podido abrir la caja fuerte. La puerta con sus cifras giratorias, es la ruleta en la que ya no sé de qué forma apostar: desde el primer suspiro conservé, acorazada luz, aquella rosa. Estoy desnuda en nuestro dormitorio con la ventana abierta y la lámpara apagada, oigo el rumor urbano de la noche mientras la leve brisa me acaricia. Ahora, la muchacha y el muchacho que tú y yo un día fuimos permanecen siempre muy cerca, están dentro mí: un olor conocido o una canción puede hacerlos salir, pero si quiero hablarles, ya han desaparecido. Vivimos a merced de lo que de nosotros ignorábamos, tal si entre los derechos que tuviese la vida hubiera un misterioso derecho a no saber. El metálico nido custodia nuestros sueños. Estoy llorando. La combinación era esta: la fecha de tu muerte.


Las mil y una noches

Me miras: el presente son tus ojos, unos instantes que se desvanecen y no puedo cambiar: Pero también son un mañana que ya estaba escrito en el fugaz espejo de la infancia. Y se convertirán en el ayer, la suma indiferencia de los años. Después serán recuerdo, un mundo gris donde te mire aunque no pueda verte. Tras el recuerdo habrán de ser olvido: nadie sabrá por qué estabas mirándome ni por qué hay este pozo en tu lugar. Cada instante una historia diferente de las mil y una noches en tus ojos.


Mujer de invierno

Hoy que la soledad es la última forma del amor, esta triste ciudad ha hecho que pierda lo que había perdido, ya, de ti. ¿A qué has venido? ¿Quién eres, si eres sólo la imagen en el fondo del pozo de mí mismo? He quemado tu cuerpo en mi interior, todo ha llegado demasiado tarde.


No te volveré a ver

Es esta piel violeta de una noche que dejamos pendiente. Y tu silencio suena como un saxo de oro negro en el fondo de los días sin ti. En tu pecho jadea el contrabajo, y en tu flanco, tan cálido de sombra que siempre soñaré cuando mi mano lenta avance hacia ti. Músicos en penumbra, los instrumentos de oro en sus bocas lilosas: ya, la vida no me devolverá la que aposté a tu cuerpo desnudo cuando eras una fiesta. No queda más que -al piano- un negro ciego, nuestro amor: toca solo en la sombra y mi sueño se duerme entre sus dedos.


No tires las cartas de amor

Ellas no te abandonarán. El tiempo pasará, se borrará el deseo -esta flecha de sombra- y los sensuales rostros, bellos e inteligentes, se ocultarán en ti, al fondo de un espejo. Caerán los años. Te cansarán los libros. Descenderás aún más e, incluso, perderás la poesía. El ruido de ciudad en los cristales acabará por ser tu única música, y las cartas de amor que habrás guardado serán tu última literatura.


Paisaje cerca del aeropuerto

Guarda un aire burgués de veraneo y a la vez de escapadas clandestinas, pero ya es un suburbio. La ciudad surge en el horizonte de la playa. Comienza a amanecer, los albañiles encienden una hoguera al pie de una obra. Calles entre jardines silenciosos acaban en la playa, y el asfalto se cubre de un sutil tapiz de arena. Despintado y cerrado, hay un viejo club náutico mirando el herrumbriento sol que surge despacio desde el mar. Un avión sobrevuela a baja altura: una pátina rosa recubre el fuselaje por el lado del mar. Vulgares, atestadas en verano, dignas y desoladas en invierno, son igual que el amor estas afueras.


Remolcadores entre la niebla

Amiga de la noche, reluciente, lúcido disco de la luna: avanzas junto a mí por la playa, iluminas estancias con espejos para amantes a los que aflije el plazo de una noche. Tú y yo cruzamos la ciudad caída. Hay hojas de periódico arrastrándose como heridas de guerra, son gaviotas que mueren en el agua de algún muelle. También cartas de amor que pasan cuentas como viejos recibos de negocios. El viaje hacia la sombra nos exije decidir compañía: yo he escogido esos ríos espesos, relucientes de dos armas doradas, dos trompetas: una cálida y negra, la de Clifford como un fuego en la nieve de las calles y la blanca, que apenas puede oirse en la pútrida noche con letreros de los hoteles tristes de Chet Baker. Paso junto a amenazas de paredes y escaleras de metro con los bultos de los que duermen bajo los cartones. Son las sombras que tocan en la noche. Esperaba un acuerdo sobre fines y nunca hallé finalidad alguna. Esperé incluso la pasión del náufrago por encender un fuego frente al mar pero nadie deseaba ser salvado. Creí que contaría con la gente en asuntos de versos y valores. No sabía que todas estas cosas sólo indicaban cómo envejecía: de pronto todo el mundo estaba lejos y, mientras, yo escribía este poema sabiendo que el mañana estaba hecho de un arte para mí desconocido. Conocí a una mujer: bailaba y, juntos, escuchamos un “Autumn leaves” como este que en la Rambla, magnánimos, los plátanos murmuran con las hojas en la noche. Era una mujer de orden, tenía bellas manos: ¡Dios, era mi mujer! Cómo bailaba cantándome al oído cada pieza, cómo reía cuando la abrazaba. Hoy abrazo a la noche y escucho el «Loverman» en el que Parker equivoca el tiempo. Los faroles lejanos son los ojos vidriosos de algún perro. La música consuela, nada más: está dentro de mí junto a mis penas, interpretándolas con claridad y sentimiento, aunque sin esperanza. Ya cayó la ciudad de mi futuro. Camino entre leyendas pisoteadas del otoño del cuerpo pero aún hallo hospitalidad en un relámpago del Café de la Ópera: entre tanto, al final de la Rambla, en los peldaños que bajan por el muelle de barcazas, una sirena muerta está flotando y es arrastrada por las sucias aguas.

De “Joana”:

¿A quién ama Gilbert Grape?

Un sábado en el cine, al declinar la tarde, la película tierna, pero dura, de un chico deficiente y de su hermano. Cogidos de la mano en la penumbra, lloramos, vuestra madre y yo, angustiados por la muerte, que aún es más injusta si dejamos atrás un desamparo. Recordadnos felices: lo hemos sido. Los ojos de Joana hacen que sea más llena aún de afecto nuestra vida pero más desolada nuestra muerte.