Duerme, Joana. Y que este Loverman oscuro y trágico del saxo de tu hermano en Montjuïc te pueda acompañar toda la eternidad por los caminos que son bien conocidos por la música. Duerme, Joana, duerme. Y a poder ser no olvides tus años en el nido que dentro de nosotros has dejado. Mientras envejecemos, conservaremos todos los colores que han brillado en tus ojos. Duerme, Joana. Esta es nuestra casa, y todo lo ilumina tu sonrisa. Un tranquilo silencio: aquí esperamos redondear estas piedras del dolor para que cuanto fuiste sea música, la música que llene nuestro invierno. * * *
Cuadro con pájaros
El muro es, de este lado, oscuro y triste, tal como sucedía en aquel cuento que un día te expliqué. Si fuese cierto, hoy todos los pájaros que tú pintaste te esperarían en el otro lado cantando para ti: la parte clara de la que hablaba el cuento te acogería como yo y tu madre si pudieses volver de nuevo a casa. Mientras cuento la historia para mí, miro los últimos pájaros que pintaste. Aquí, en el lado lóbrego del muro, ¿de qué forma podría pagar esta ilusión de sentirte en la brisa de un instante?
Horarios nocturnos
Acostado a tu lado, oigo los trenes. Cruzan mi frente sus fugaces luces rasgando el horror tibio de esta noche. La pausa de silencio me deja una luz roja, una nota sobre este pentagrama de cables y de vías oscuras y brillantes. Acostado a tu lado, oigo cómo se alejan con el ruido más triste. Quizá me he equivocado no subiendo a uno de ellos. Quizá el último acierto sea -abrazado a ti- dejar pasar los trenes en la noche.
La espera
Te están echando en falta tantas cosas. Así llenan los días instantes hechos de esperar tus manos, de echar de menos tus pequeñas manos, que cogieron las mías tantas veces. Hemos de acostumbramos a tu ausencia. Ya ha pasado un verano sin tus ojos y el mar también habrá de acostumbrarse. Tu calle, aún durante mucho tiempo, esperará, delante de tu puerta, con paciencia, tus pasos. No se cansará nunca de esperar: nadie sabe esperar como una calle. Y a mí me colma esta voluntad de que me toques y de que me mires, de que me digas qué hago con mi vida, mientras los días van, con lluvia o cielo azul, organizando ya la soledad.
La muchacha del semáforo
Tienes la misma edad que yo tenía cuando empezaba a soñar en encontrarte. No sabía aún, igual que tú no lo has aprendido aún, que algún día el amor es esta arma cargada de soledad y de melancolía que ahora te está apuntando desde mis ojos. Tú eres la muchacha que yo estuve buscando durante tanto tiempo cuando aún no existías. Y yo soy aquel hombre hacia el cual querrás un día dirigir tus pasos. Pero estaré entonces tan lejos de ti como ahora tú de mí en este semáforo.
La profesora de alemán
En aquel Instituto de posguerra debí haber aprendido algo de griego y adquirido un barniz sobre los clásicos. Pero, si aprender algo era difícil, nada tenía aún menos futuro que el alemán, cubierto por negruzcos escombros de Berlín bajo la nieve. La mía era una lengua perseguida y la suya una lengua derrotada.
En un aula pequeña del chalé donde estaba instalado el Instituto, al entrar la encontraba de rodillas fregando junto a un cubo, hablando sola. No sé alemán y en general no tengo buen recuerdo de toda aquella gente, pero no olvidé nunca su dolor.
Ahora que paso cuentas con quién soy siento en frías baldosas mis rodillas mientras borro el ayer, como ella hacía con la roja cenefa del mosaico.
Mientras tú duermes
A Joana
En la plaza humillada por la lluvia miro la alta ventana iluminada que no quiero perder: no he de rendirme a la condena de la vida. Este no es ni un lugar de la ciudad: nadie en los bancos y, sobre la arena, los charcos que reflejan la luz del rótulo del hospital. El cristal de las puertas automáticas, que la luz del vestíbulo ilumina, de vez en cuando se abre y deja paso a una oscura figura rutinaria. Unas muletas cruzan, invisibles, la calle y se aproximan a uno de los coches aparcados, el nuestro, en el que iremos en silencio bajo la lluvia hacia el dolor futuro. Tu calidez ha sido tan efímera. Triste felicidad la de esta calma mientras recuerdo cuando tú y yo teníamos mañanas que nos guardaban las miradas. Tenía tanto miedo a tener que dejarte sola un día. Por débil y pequeña que la luz sea en la oscuridad, es mi consuelo: no habrá más desamparo ya que el mío.
Noche de junio
Cuando salí del cine ya había oscurecido. En aquel viejo parking, sin luz, iba subiendo la rampa áspera y sucia porque había aparcado en la terraza. Dentro de mí también era dura la cuesta: eran aquellos días, los primeros sin ti. Pero al llegar arriba, en la intemperie había un cálido silencio envolviendo la sombra de algún coche: las baldosas rojizas, las barandas de hierro, delicadas y sencillas, y latas con hortensias. De repente, al salir a cielo abierto, un velo se rasgó y surgió la noche de un patio con sus limpias galerías y sus iluminadas cristaleras. Me detuve sintiéndote muy cerca. Y sintiendo que ya, en cualquier instante podría hacer surgir tesoros de la muerte.
Oración para J. M. R
Música del amor; que te escondías en sitios negros, dulces, como rosas del jazz, enciende el día azul, extiéndete debajo de los pinos y haz que brillen las flores, los muros y la tierra. Sé aquella agua secreta que esperaba, y, un instante, devuélvenos la niña eterna que hoy abandonamos en pozos invisibles. Un poco de un instante, para que nos ayude a no llorar de miedo y de vergüenza sintiendo su misterio de bondad. Danos, música de oro, unas lágrimas limpias como la vida que hoy enterraremos. Música santa, hazle compañía, tú que vienes del otro mundo al nuestro, tú que ya sabes cómo es su silencio.
Pasajera
En el gran ventanal del aeropuerto un alba de luz blanca entre la niebla se alza ante la muchacha con un libro que nunca alcanzará a poder leer. Mi juventud está también ahí, en esas páginas de papel biblia del grueso tomo encuadernado en pie de los rusos del siglo diecinueve.
Natashas y Nastenkas, silenciosas amigas de las cuales aprendí a buscar las pequeñas esperanzas como si fuesen conchas en la orilla: todavía imagino que esperáis a que llegue en la nieve y la ventisca una abrigada sombra del amor.
También la chica inmóvil en la silla de ruedas sabe que no llegaré. Levanta la mirada hacia nostálgico: fuselajes de aviones que descansan como gaviotas en un mar helado. Acoged a mi hija, amigas mías, pues yo no tengo rostro para ella: mi rostro ya no es más que un ventanal de aeropuerto con luz de noches blancas.
Primer verano sin ti
I Acantilados de un verdoso gris, igual que grandes hachas prehistóricas, se hunden en el agua. Como quien pela fruta, la carretera ciñe una curva, y otra, por las viejas colinas abrasadas.
El coche se detiene ante la playa y en el retrovisor no están tus ojos. Enfrente, blanco, La Gambina con su letrero -HOTEL- color azul mirando, en la azotea, hacia el mañana.
II Estás sentada enfrente de las olas: las nubes se amontonan sobre el pueblo, pero tú estás de cara al horizonte, debajo aún del cielo del pasado, que es nuestro mejor tiempo. El mar, la gente, las embarcaciones, todo se está moviendo en esta última postal de ti.
El viento ensaya ráfagas que se llevan volando una sombrilla. Gotas frías de lluvia sobre la piel caliente son como la advertencia de las madres recogiendo en los ojos la sombra del peligro en una playa abandonada al viento.
III Joana, ahora el temporal resbala bajo tus pies cansados. Te veo huir: vas con tu lentitud cruzando la mirada de la lluvia. De pronto ya no estás ni en casa ni en la playa, tus retratos sonrientes los baten tramontanas del espanto. Muchos años clavaste tus muletas entre cantos rodados para llegar al mar. Bajo el puente de hierro -te lo dirán las golondrinas muertas- tu amado pueblo de Colera nunca más cambiará para tus ojos.
Profesor Bonaventura Bassegoda
Le recuerdo alto y grueso, procaz, sentimental. Usted, entonces, era una autoridad en Cimientos Profundos. Inició siempre nuestra clase así: «Señores, buenos días. Hoy hace tantos años, tantos meses y tantos días que murió mi hija». Y solía secarse alguna lágrima. Teníamos veinte años, más o menos, y el hombre corpulento que usted era llorando en plena clase, nunca nos hizo sonreír. ¿Cuánto hace ya que usted no cuenta el tiempo? He pensado en nosotros y en usted, hoy que soy una amarga sombra suya porque mi hija, ahora hace dos meses, tres días y seis horas que tiene sus profundos cimientos en la muerte.
Soneto en dos ciudades
Le rouge por naître a Barcelone, le noir pour mourir a Paris. Leo Ferré: Thank-you, Satan
Hôtel de l’Avenir, la última noche: Paris en los cristales del crepúsculo. Qué suerte sonreír al acercarse a los sesenta años, la Puerta de las Lilas.
Qué suerte no haber sido un hombre triste ni tú una mujer triste. Las heridas nos hacen duros, pero compasivos. Qué suerte estas dos hijas. Este hijo.
Qué suerte poder ver tras los cristales una ciudad, la nuestra, que no existe: Ferré canta a Verlaine, la lluvia pone
rojos, negros reflejos en la noche. Rojo por nacer en Barcelona, Negro por los trenes nocturnos a París.
Súplica
De esta invernal mañana, amable y tibia, por favor, no te vayas, quédate sumergida en este patio como si hubieses naufragado dentro de nuestra vida. Bajo el laurel, entre las aspidistras de verdes hojas, anchas y románticas, por favor, no te vayas, no te vayas. Todo está preparado para ti. Quédate, por favor, y no te vayas. Tu fugaz triunfo sobre el nunca más, dime si lo recuerdas: necesito unas palabras con la clara y honda voz de tu ausencia. Pero te recoges, callada, en el pasado, un lecho de tristeza fulgurante. Así fuiste encerrándote, a lo largo de ocho meses, en el capullo de la oscuridad, y ahora, horrorizada por la luz, surge aleteando la furiosa, pálida mariposa de la muerte. Pero, si estás muriéndote, aún vives, y hago estallar la última alegría de tu rostro cansado y las pequeñas manos entre las mías. Y repito: estar muriéndote es vivir aún. De esta invernal mañana, amable y tibia, por favor, no te vayas, no te vayas.
Un cuento
No digas nada, Joana, tan sólo escúchalo y no digas nada. Íbamos caminando en la lluviosa mañana por el pueblo adormecido, entrábamos despacio por una larga calle de adoquines que no llevaba hacia ninguna parte. Los niños nos llamaban con canciones para acercamos al canal, que viésemos su casa reflejándose en el agua. Te gustaba, ¿recuerdas?, ver a los niños. Al marchamos quedaban sus caritas pegadas al cristal, sus voces apagándose en el agua. Llegamos tarde. Demasiado. Tanto que siempre volveremos separados: ese es el precio por haber podido entrar dentro de un cuento. Y qué suerte encontrarte ahora aquí, de madrugada, convertida en patio: esto quiere decir que todo el tiempo estabas junto a mí en la oscuridad.
Una fotografía colgada en la pared
(Xavier Miserachs)
El Paseo de Gracia en la nevada de aquel invierno en que nos conocimos. En primer plano, dándome la espalda, se alejan transeúntes: quizá soy yo este hombre del paraguas, y tal vez la mujer con el gorrito de lana seas tú. Al fondo, todo se va borrando tras los copos, que ponen este velo de neblina. Debajo de los árboles parece la nave de una blanca catedral. Ahora estoy en la fotografía: no se oye nada, hay coches aparcados y sepultados hasta media rueda. Cruzamos solos el Paseo helado, entre los plátanos y los herrajes negros, medio cubiertos por la nieve, de una de las farolas de Gaudí. Estamos dentro de aquel mismo invierno en donde no sabíamos que el hacha del frío ya esperaba para cuando el porvenir no fuese nada más que el amor de dos viejos a un fantasma.