Conocía muy bien tu piel dorada, la señal de peligro de tus ojos azules. Sueños de profesor que comenzaba a perder su futuro. Hace mucho surgiste entre aquellos muchachos y muchachas del bar acristalado de nuestra Escuela blanca, desde donde veíamos el mar. Me preguntan quién eres. Quizás, un día, expertos en soledad y en crímenes pasados buscarán, amparada en las palabras, la sombra de tu nombre y no hallarán sino cartas violeta de la noche y el rastro, entre papeles, de unos ojos azules. * * *