En el fondo del cuarto, un dorado de mujer se va apagando igual que una bujía. El oro de la piel en la penumbra de alba donde nunca llegaré a abrir los ojos es la herida de tu cuerpo desnudo en el espejo. Hoy eres una carta en la que tu voz ronca se armoniza con sueños fracasados y, desnuda, bailas conmigo lentamente, hendida por el mañana inútil de un instante fijado al recordar sin esperanza. Oscurece y me acerco a aquel hotel para buscar tu cuerpo carbonizado, ausente, pero allí tan sólo está la noche, una luz roja que en una calle en obras mece el viento. * * *