A Mari Carmen Parma
Sola entre dos infiernos -el de la libertad y el de la edad-, ya no he podido abrir la caja fuerte. La puerta con sus cifras giratorias, es la ruleta en la que ya no sé de qué forma apostar: desde el primer suspiro conservé, acorazada luz, aquella rosa. Estoy desnuda en nuestro dormitorio con la ventana abierta y la lámpara apagada, oigo el rumor urbano de la noche mientras la leve brisa me acaricia. Ahora, la muchacha y el muchacho que tú y yo un día fuimos permanecen siempre muy cerca, están dentro mí: un olor conocido o una canción puede hacerlos salir, pero si quiero hablarles, ya han desaparecido. Vivimos a merced de lo que de nosotros ignorábamos, tal si entre los derechos que tuviese la vida hubiera un misterioso derecho a no saber. El metálico nido custodia nuestros sueños. Estoy llorando. La combinación era esta: la fecha de tu muerte.