Yo la quería mucho, pero entonces amar y destruir sonaban parecido, como en los más confusos poemas de Aleixandre. Nos casamos con otros. Tal vez así perdimos lo mejor de la vida. Quién sabe. Hubo una noche en que ambos acordamos que pudo ser distinto el rumbo de esta historia de culpa y cobardía. Se quitó el pasador de su cabello oscuro y me lo dio al marchar, y nunca volví a verla. Murió. No lo he sabido hasta esta tarde misma, varios años después, en su pequeño pueblo y frente a la serena desolación del mar. Ahora intento evocarla, pero se desvanece: No he encontrado siquiera su pasador de rafia. “Tiempo desapacible” 1993-1996