Los días no contaban para mí, bastaba la palabra. Yo escuchaba en cuclillas cómo alguna palabra conversaba con otra. No contaban los días. Pero extravié palabras y los días me siguieron de cerca con sus largos abrigos. Yo iba mirando el suelo. “Ese no cuenta el cuento”, vaticinaron unos. Yo no escuchaba a nadie, yo contaba con ellas. Los días fueron como trapos mojados en los pies. Habité días feroces porque perdí palabras. Eran contadas y eran, al fin, las que contaban El tiempo es implacable. El que pierde palabras tiene los días contados.