Cada día el mismo árbol rodeado de su verde familia rumorosa. Cada día el latir de un tiempo niño que el péndulo mece en la sombra.
El río da sin prisa su naipe transparente. El silencio camina a un inminente ruido. Con sus deditos tiernos la semilla desgarra sus pañales de lino.
Nadie sabe por qué existen los pájaros ni tu tonel de vino, luna llena, ni la amapola que se quema viva, ni la mujer del arpa, dichosa prisionera.
Y hay que vestirse de agua, de dóciles tejidos, de cosas invisibles y cordiales y afeitarse con leves despojos de palomas, de arcoiris y de ángeles.
Y lavar el escaso oro del día contando sus pepitas cuando el poniente herido quema todas sus naves y se acerca la noche capitaneando sus oscuras tribus.
Entonces hablas, Cielo: Tu alta ciudad nocturna se ilumina. Tu muchedumbre con antorchas pasa y en silencio nos mira.
Todas las formas vanas y terrestres: El joven que cultiva una estatua en su lecho, la mujer con sus dos corazones de pájaro, la muerte clandestina disfrazada de insecto.
Cubres toda la tierra, hombre muerto, caído como una rota jaula o cascarón quebrado o vivienda de cal de una monstruosa araña.
Los muertos son los monjes de la Orden de los anacoretas subterráneos. ¿La muerte es la pobreza suma o el reino original reconquistado?
Hombre nutrido de años y cuerpos de mujeres cuando Dios te espolea te arrodillas y sólo la memoria de las cosas pone un calor ya inútil en tus manos vacías.