Te he buscado, Tesoro, he cavado en las noches profundas. Rainer Maria Rilke
Amo cierta sombra y cierta luz que muy juntas, creo yo, azulan Las casas profundas de los muertos, amo la llama Y el cabo de la sangre, porque juntas son el mundo Y hacen de mí un muro que separa la noche del día.
He visto los rojos campos labrados por el cielo azul, La antigua naturaleza desflecada y húmeda De vino, de rocío, mortalmente hecha con racimos De amor, tal un lecho donde ardiera lo deseado, Pero debajo de todo, siempre despierta, un agua pura Pensando por nosotros contra un árbol de dolor.
Y las cosas cuya última luciérnaga ha volado Con nuestro último sueño, que tienen todavía, como un templo Majestuoso, el gran consuelo de su polvo donde nada Ni nadie ha osado penetrar sino los muertos. Amo todavía aquello que habla lejos, como los astros De terciopelo, al oído del viento, aun las rosas y la luz Y todo lo que igual a una plaga, inextinguible pero real Transcurre entre los hombres y agita su plumaje. Fosforescencia, día esmeralda de las tumbas, Sólo tus ojos adivino adorados por lagartos y raíces, Y tras de ellos casas y crepúsculos, altas montañas Destronadas contra cielos de nieve en un soplo; Todo bajo el musgo de sus ojos, blanco Amante, De cuyo seno mana una leche antigua a cada fruto. Yo amo por ello este hundido bosque, de brillantes hojas Donde reposa, inmemorial, el Gran Sol de los Tiempos. De “Reinos” Lima, 1945