La cocina estaba todavía salpicada de harina y oraciones; la nodriza arropaba al fantasma de la noche, buscaba el itinerario de las naves que trajeran de regreso a un vagabundo.
Habían enmohecido las imágenes, envejecido el ruido. En las grandes tinajas el eco de voces conocidas repetía la cuenta del dinero. Se hablaba de adulterios cercanos, de inversiones.
“Hay afuera un día de luz, de humana paz y de manzanas. Hay canciones y avanza una multitud que vive y crece. De ella es el reino del futuro. El que sea digno ahora merecerá ese día y será amado. Yo sé qué hora es, cómo me llamo, a dónde voy lleno de orgullo y de noticias. Y no estaré mucho tiempo entre vosotros”.
No hubo sacrificio de vino o de cordero. La madre, entre dos lágrimas severas, me habló por mi bien, me indicó bondadosa el buen camino, preguntó si tenía otro sombrero. Mas mi hermano, el que solía fabricar delgadas flautas para acompañar el canto de los sembradores y que aún temía la dureza de la herencia y la mirada del búho como un sacerdote, no pudo dormir.
“Yo quiero merecer el amor que tú has visto. ¿Cuándo es la felicidad?” “Mañana”.
Y corrimos, como dos fugitivos, hasta la dura orilla donde se deshacían las estrellas. Los pescadores nos hablaron de victorias sucesivas en provincias cercanas. Y nos mojó los pies una espuma del alba, llena de raíces nuestras y de mundo. De “Notas del hijo pródigo” 1953