Ante todo, es preciso ordenar la infancia como un país disperso, hallar las fechas de su límite: la dulce iniciación en la desobediencia, la cerradura que por necesidad puse a mi alcoba o la primera mujer que se guardó la noche entre sus telas estériles, sus párpados.
Y descubrí de pronto que nadie compartía mis costumbres: la muerte había entrado antiguamente al patio, a la bodega, y yo crecía sobre un osario familiar. No sé por qué, porque sí, por pura gana, cambié las órdenes para la cena, el sitio de los adornos, el precio de las plumas; odié el muro que cercaba la viña y el camino de orina a los establos. Y ya no pude vivir más, no podía establecer mi edad, mi oficio, destruir la seguridad de cada día o levantar los párpados hacia la luz de afuera: un hombre pasaba sin llorar bajo la lluvia, las aldeanas completaban su cuerpo entre la hierba, pero debía conservar la herencia intacta, conocer los secretos del ganado, calcular la distancia entre mi seca seguridad y la aventura.
Así empecé a soñar solamente con la llave, con la bahía donde nadie hubiera a despedirme, con migraciones de pájaros azules. No era la pegajosa soledad lo que buscaba sino una familia diseminada en la distancia, una hora de paz bajo los árboles, una hoja sin odio entre mis manos. De “Notas del hijo pródigo” 1953